sábado, 19 de noviembre de 2011

Paul Disnard


NO ME OLVIDES


Todas hieren
! la última mata !*


¿Crees acaso, mujer, que las palabras son como las hojas que en otoño caen de los árboles, que barridas por los vientos bajan de los nevados montes en alocado impulso de caballos desbocados?


¿Aquellos lejanos montes que no alcanza la mirada y que, sin embargo, en tus entrañas dejan apiñados túmulos de recuerdos y añoranzas de otros días compartidos en familia? Trenes que al amanecer parten sin itinerario fijo, salas de espera en inhóspitos aeropuertos en tierra de nadie, una taza de té inconclusa en “OMA-Café-Bar”, un cigarrillo a medio fumar, un verso de Neruda dicho al azar “tan corto el amor, tan largo el olvido”, el libro de Paul Disnard en tu cartera


“En la otra orilla del viento”
con una dedicatoria de corazón, y tu sonrisa
siempre Katalin tu sonrisa
mirando el globo que se le escapa al niño de entre las manos, hacia el cielo, rojas, azules, blancas mariposas en tus ojos de excéntricos mares... ¡Oh, mujer, cómo te adoro!


Importa mucho el árbol que reverdece en cada primavera, la fronda oculta que ofrece frutos, abrigo, sombra, consuelo de los caminos que se apartan del polvo y de las piedras. Un águila en el cielo abre interrogantes y brama un becerro perdido en el monte.


Pero, a pesar de la incertidumbre que pueda herirnos, todo aquello en el pasado fue el futuro, tiempos idos, cicatrices, ánforas rotas de un jardín ignoto, un ángel de la victoria decapitado en la esquina de la plaza de armas, la catedral en llamas, Bolívar de a caballo con la espada en alto reclamando lo imposible


“crecerá tu sombra al declinar el día”

una pancarta enorme con letras rojas “te amo”, a la expectativa
de un hombre sereno frente al mar,
los avatares de un niño que juega con su barca de papel. El niño le habrá puesto un nombre mal escrito a lápiz ¿“Katalin!”? ¿Será? me lo pregunto, amarga la taza de café
en ese bello florecer de la mañana que el agua no respeta y borra al primer intento de navegación, sabe sin embargo el niño que ese nombre de verdad no podrá apartarlo el agua del cielo que refleja
inversa rosa blanca en la mano izquierda del hombre que contempla el mar.
Así, desafiando las tormentas, alta en mi soledad, te he levantado hecha bandera en el mástil imprescindible de una nave al pairo. El mar apacible en la frontera con el crepúsculo me trae el caleidoscopio de tus miradas,
las aceitunas en el vermouth de la tarde, más allá de las cinco en Gower Street,
el cristal de las copas que reflejan el oro de Londres en los candiles,
la miel,
la ambrosía de tus palabras enredando a medias el collar de las horas dispersas en una conversación monótona, sin sentido,
ajena a la acción del tiempo que será
una mentira hermosa, frágil e insustancial como el pabilo de las espermas que arden en la penumbra de iglesias que en Serbia ya no existen.


Cuatro cirios se consumen
en las cuatro esquinas de una losa de mármol a orillas del Danubio en Budapest


aquí termina el olvido
¡empieza la eternidad!

En lo más profundo de la noche escucho a través del sueño
los gritos de los arponeros de las ballenas blancas, el aullido de los perros lastimados por el látigo y que arrastran trineos vacíos en Alaska, libres del incansable insomnio de las estepas.


Escucho también sin consonancia alguna el sordo júbilo de una victoria que se pierde entre el rumor de cantos rodados, ecos de letanías bajo las bóvedas en ruinas de un convento de monjes ciegos, “¡ah, hermano, hermano, de morir tenemos!”, execrados de una comunidad de santos déspotas y soberbios que celebran cada día el milagro del sol y mantienen herrumbrado el corazón como las puertas del paraíso al dolor del hombre.


Pero no por eso deja el amor de estar presente en los salmos, en los iconos apergaminados de los antiguos libros salvados de las hogueras de los bárbaros, en las fojas que no puede el tiempo arrastrar al olvido, en las minúsculas reinas de las abejas que conservan en su misterioso orden de jerarquías el numen de la vida.


En suma, el azar, ¿acaso, mujer, lo desconoces?, es un juego de amor si los actores se atienen a las reglas, la inesperada apuesta abre la perspectiva de una aventura y de un riesgo, de igual manera el beduino interpreta su destino en las dunas del desierto, sabe además que las arenas jamás podrán ocultar todo lo que un camello sabio guarda en su memoria.


Paul Disnard
Belgrado, noviembre 12 de 2003
* Inscripción que figura al pie de los relojes en algunas antiguas iglesias.

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