viernes, 11 de noviembre de 2011

¿CIELO, PURGATORIO O INFIERNO?

Por: Padre Edwar Gerardo Andrade Rojas
Párroco Iglesia de la Santísima Trinidad
Santander de Quilichao

Cuenta una leyenda china que en cierta ocasión un discípulo preguntó a su maestro: “Maestro, ¿cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?” Y el maestro respondió: “vi un gran montón de arroz cocido y preparado como alimento. Alrededor de él había muchos hombres hambrientos. No podían acercarse al arroz, pero todos tenían unos palillos largos de dos o tres metros cada uno. Es verdad que conseguían atrapar el arroz, pero no eran capaces de llevarlo a su propia boca, porque los palillos eran muy largos. Y así, hambrientos y moribundos, aunque estaban juntos, permanecían solitarios, pasando un hambre eterna delante de una comida inagotable. Aquello era el infierno. Vi otro montón de arroz cocido y preparado como alimento. Alrededor de él había muchos hombres hambrientos, pero llenos de vitalidad. No podían acercarse al montón de arroz, pero tenían unos palillos de dos o tres metros de largo. Cogían el arroz, pero no conseguían acercarlo a su propia boca, porque los palillos eran muy largos. Pero con sus palillos largos, en vez de llevarlos a su propia boca, se servían el arroz unos a otros. Y así mataban su hambre insaciable en una gran comunión fraterna, juntos y solidarios (unidos). Aquello era el cielo”. Esta leyenda nos puede ayudar en algo a responder la pregunta sobre lo que hay después de la muerte. En el momento de nuestra muerte, solamente podremos hacer una cosa: dejar que Dios esté allí, decir como Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23, 46) y confiar que el “estar ahí” de Dios sea un estar ahí que ama. Desde la fe, confiamos que ¡no hay ni habrá final con la muerte! No nos espera un tirano vengador, sino el Dios que ama, perdona y es justo, el Señor de vivos y muertos que desde el principio nos ha amado. No obstante, y así parezca contradictorio, hay que reconocer que de las opciones que hemos tomado a lo largo de nuestra vida, tendremos que responder ante Dios. Tras la muerte, viene la plena retribución de nuestra vida: cielo, purgatorio o infierno.

En la actualidad se habla poco del cielo. Quizás influye en esto aquél viejo complejo, causado por la acusación de Marx, de que la religión es el opio del pueblo, lo que distrae el compromiso por la liberación humana. Peor aún, en muchos ambientes ya no se habla del cielo, porque hay una fe vacilante e insegura. El ser humano de hoy está tan entregado a sus tareas y al disfrute del mundo, que al escuchar la palabra “cielo”, solamente pone cara de resignación o de pena. “Hemos sido creados para el cielo y ponemos cara de resignación ante lo único que puede llenar al hombre en sus aspiraciones más profundas” (José Antonio Sayés). Se nos ha olvidado que “el testimonio del cielo es una de las funciones esenciales de los cristianos en el mundo” (L. Boros). Cuando veamos a Dios, tendremos ante nosotros la verdad, la bondad y la belleza infinitas. Sólo entonces conseguiremos el descanso definitivo a nuestra búsqueda de felicidad, según las palabras de San Agustín de Hipona: “Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

El cielo es estar con Cristo, por lo que cada cristiano sabe que tendrá que compartir el destino de muerte de su Maestro, “pero tampoco será inferior a él, estará allí donde está su Señor, y el Padre lo honrará como ha honrado a Jesús, haciendo que dé fruto (cf Juan 12, 23ss). Ya en la tierra el cristiano ha podido dar fruto en su comunión con la muerte de Cristo: `Así la muerte actúa en nosotros, pero en vosotros la vida` (2 Corintios 4, 12).” (F. Xavier Durrwell). Si nos decidimos por Dios, por su Reino de Justicia y de amor estamos con un pie en el cielo. Jesús así lo indicó: “El que no recoge conmigo dispersa”. Si seguimos los pasos del Señor que vino a servir y no a ser servido, abriendo nuestro corazón a los demás y dejándonos guiar por su Espíritu de amor, estamos caminando hacia el cielo. De igual manera, si vivimos en comunión fraterna, anunciando el Evangelio y defendiendo la vida, si nos entregamos a los demás, si somos capaces de perdonar y de pedir perdón, estamos caminando hacia el cielo. Como cristianos tenemos que soñar con el cielo, porque sabemos que es la felicidad auténtica para la que hemos sido hechos. Debemos meditar en él deseándolo profundamente, preparándonos para él día a día.

De igual manera, la Iglesia llama “purgatorio” a la purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. Se dice que si no existiera, habría que inventarlo, “hay pocas cosas tan espontáneas, tan humanas, tan universalmente extendidas (en todo tiempo y en toda cultura) como la oración por los propios allegados difuntos” (J. Ratzinger). El cristianismo católico nunca ha dejado de creer en el purgatorio a lo largo de la historia, no sólo por el testimonio de la Sagrada Escritura y la Tradición dos veces milenaria de la Iglesia fundada por Jesucristo, sino porque incluso una reflexión puramente humana nos hace conscientes de que los que mueren insuficientemente purificados han de “ponerse a tono” para el encuentro definitivo con Dios. No puede gozar de la visión de Dios el que lleva dentro de sí alguna sombra de pecado, pues ello mismo imposibilita la plena comunión con Dios (ver 2 Macabeos 12, 43ss; 1 Corintios 3, 12-15). El Libro del Apocalipsis dice que nada profano entrará en el cielo o el mismo Cristo afirma que sólo los puros verán a Dios (cf Mateo 5, 48). El purgatorio es la oportunidad de reconvertir toda nuestra persona antes del encuentro con Dios. No es un “pequeño infierno” o un “castigo de Dios” sino la necesidad misma de purificación de aquellas heridas que el pecado deja en nosotros, a no ser que hayamos muerto ya santos y purificados. Hay que entender el “fuego” del purgatorio, desde la perspectiva del amor, como el dolor que nace cuando somos conscientes del retraso de la plena comunión con Dios. Podríamos decir que es una “purificación por medio del amor” (J.L. de la Peña).

Dios no ha creado el infierno, Él sólo quiere la salvación del hombre: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2, 4; ver: 1 Juan 4, 8; Juan 3, 16-18). El infierno es creación del demonio y del hombre que no se deja salvar y perdonar por Dios. Lo único que Él ha creado, ha sido el cielo “Dios no puede crear ni querer el pecado. No se ve entonces cómo pueda crear o querer el infierno” (J. L. Ruiz de la Peña). El teólogo Christian Duquoc indica que “No hay ningún infierno que no sea una creación del hombre; por tanto, no hay ningún infierno que sea irremediable, a no ser que el hombre lo haga irremediable”. Es más, el beato Papa Juan Pablo II enseñó en una de sus catequesis que “la condenación no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La “condenación” consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada por la muerte, que sella para siempre esa opción”.

El número 1033 del Catecismo de la Iglesia católica indica que “Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno". Recordemos que “Cristo no condena a nadie, él es pura salvación, y quien se encuentra en él, se halla en el lugar de la liberación y de la salvación. La perdición no la impone Cristo sino que se da donde el hombre se ha quedado lejos de él” (J. Ratzinger). La omnipotencia y la misericordia de Dios sólo tienen por límite la libertad humana. En definitiva, cuando excluimos a Dios y a las demás personas de nuestra vida y, en su lugar, ponemos el egoísmo, la codicia, el interés de mandar y servirnos de ellos para nuestros intereses, seguimos el camino que nos lleva al aislamiento y a la frustración, es decir, al infierno.

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