Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
—En uno de esos lugares fluiría mejor la pluma; el entorno sería un abrigo y estímulo para los pensamientos —dije, señalando los tejados de ese hermoso pueblo colonial— Siempre hay nostalgia por abrazarse con lo mejor de la existencia en un lugar tranquilo, hermoso, jovial y señorial como Villa de Leyva. Allí conocí la esperanza del pasado.
—Esos lugares idealizan la existencia, pero no es de allí de donde han salido los grandes artistas; ellos nos han llegado de ágoras y florencias.
—Porque se contagiaron de la gran ciudad, de Babilonia la Grande y sus medallas relumbrantes.
—O quizá porque la vida en la gran ciudad palpita; en la campiña sólo el fortuito canto de un ruiseñor.
—¿Quién va a leer los escriticos de un pueblerino que huye de la civilización?
—No creas, no le faltarán sus tres pelagatos.
—Sí, ya lo sabemos; el poquito de tierra removible en un desierto de hierro.
—Una buena imagen; siempre hay un ángel que te las sopla.
—Jaja. Un ángel que se esconde bastante; juega su partida y no me deja asir el borde de su túnica.
—Tienes la llave que sabe correr el velo de las palabras.
—¿Tengo la llave? Algunos no creen eso, y yo tampoco.
—Y qué importa un mudo lleno de nadies y álguienes.
—No importan nada. La nada es mi cuna y mi sepulcro. En ella he vagado borrando mi existencia cuestionable. Poco a poco voy desapareciendo...
—La afamada "nada", tan llena de sentidos. Déjate de de tantos existencialismos irónicos.
—Todo existencialismo es irónico; es un reclamo a la vida, con cierto sentido extravagante y exhibicionista, a veces.
—Siempre he pensado que hay algo de pose en las actitudes existencialistas; como exhibicionista es el ateo.
—Toda pose intelectual es exhibicionista. Son alarde, grito desmesurado por hacerse oír; y ninguno de nosotros es ajeno a esos contagios de la vanidad. Ego desmesurado, mirada prejuiciosa, un sofístico acopio de información teórica, autosuficiencia especulativa, audacia para la dialéctica, cultura hipercrítica, desbordamiento hacia el exterior. Nada más, ni nada menos.
—Esa es otra de tus ironías, porque tú eres un intelectual. Tienes características que describe Paul Johnson.
—Jajajajaja. No me creo un intelectual; he husmeado en esos folios inmensos buscando una clave para el conocimiento, pero, ya sabe, mis nervios, mi vida y savia del alma huyen, apartadas de todo. Busco aires desconocidos, y eso no lo enseñan los intelectuales; por el contrario, la natura los aparta de ello.
—Hace bastante que leí el libro de Johnson, pero recuerdo rasgos comunes en los intelectuales: huraños, insociables, antipáticos, amigos de hacer desplantes... ¿Con qué te identificas?
—Con todo eso, desafortunadamente, lo cual no confirma que yo sea un intelectual.
—Falsa modestia. Tú estás en el reino de los pocos intelectuales que hay en esta ciudad.
—Esta anotación me hace casi buscar un refugio.
—Yo lo tienes: el exclusivo olimpo intelectual.
—Nunca participaré en las ordalías de ese templo; me sentiría como desesperado pez fuera del agua. Mi reino no es tan pretencioso; sé medir mis fuerzas, sé acotar las distancias con mirada reservada...
—Una característica del intelectual es optar por la redención del pobre pero sin untarse de pobre, que en el imaginario del intelectual no es más que plebe, vulgar...
—Nunca quiero redimir a nadie; cada quien, en su camino, es ley para sí mismo, con sus circunstancias.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada