Phánor Terán desde Tunía, patrimonio cultural del Municipio de Piendamó
Hace carrera siempre la afirmación que la Cultura no pone votos ni llena las arcas de los garosos del presupuesto. Por lo tanto, escasamente, ocupa el cuarto de San Alejo o el quinto patio de los infiernos de las preocupaciones de los políticos y mandatarios.
Falsedades que de tanto repetirlas se vuelven verdades. No faltan los artistas y cultores, investigadores y promotores totalmente convencidos con la afirmación de ser la cultura y el Arte, la Cenicienta del paseo.
Buena parte de la plañidera y la moqueadera que nos distingue consiste en el cinismo de pobre y pobre cinismo que nos acompaña en el largo batallar por las expresiones artísticas y las manifestaciones culturales, aceptando de antemano que ni siquiera el ripio de serrucho viejo nos corresponde.
El alumbrado de diciembre, por ejemplo, parece desmentir tales jerigonzas, en lo que llaman el pensamiento cultural que justamente de pensamiento apenas si le podemos adjudicar el pienso de los caballos.
Ya hace varios años, con el visto bueno del control fiscal una verdadera orgía de colorido, un boato sin igual, convertido en empresa lucrativa y altamente rentable se explaya en el llamado espacio público y en las edificaciones oficiales.
Visto bueno basado en la sutil consideración oficial de que el alumbrado es expresión de la cultura popular tradicional católica. Que el alumbrado decembrino es oportunidad para darle la alegría a la población que no lo ha tenido en el duro trasegar del año en busca del pan y la satisfacción mínima de las necesidades básicas insatisfechas.
A nombre del pueblo, de la cultura popular, las arcas se distienden, la autoridad se hace la sorda, ciega y muda para controlar el gasto. A nombre de la cultura popular para satisfacción grata de los “turistas” se genera por unos días, empleo y redistribución de la riqueza construyendo fachadas esplendorosas, y la ostentosa osadía de tener records mundiales con cuanto boato sea posible para solaz de los alcaldes que se sienten cuales emperadores prohijando el bien para el pueblo, la ventura y la prosperidad.
A manos llenas, a borbotones la burbuja decembrina saquea el erario. Cultura, tan demagógica, tan populista como cuando a nombre de la patria los gobernantes derrochan las vidas de los jóvenes y de los pueblos en los campos de batalla.
Entonces, y por la vara mágica, de gesto tan grandilocuente, la cultura no es una Cenicienta. No hay espera para que suene la campana faltando cinco para las doce. Entonces, los concejales, a pupitrazo limpio aplauden las iniciativas y la opulencia gubernamentales. Discurren sabihondos sus conocimientos sobre la cultura y la tradición, sobre su estima y ponderación. Entonces, unos y otros llenan sus odres hasta que desparraman sus contenidos rentables. Entonces, la familia Castañeda de los contratistas, cual saltimbanquis cabrestean sobre el tesoro público, traquetean sus matracas, y elevan sus cantos de abundancia.
La paradoja de tales boatos y rumbones, orgías multicolores y esplendores de papel es que se celebran alrededor del humilde pesebre y sus humildes habitantes. Fariseísmo.

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