Pàrroco Iglesia Stsma. Trinidad
Santander de Quilichao
En medio de las cruces y dificultades de cada día, de los “aparentes fracasos” y problemas, algunos acudimos a Dios, pidiendo una “señal”, un signo de su parte que nos indique el camino. De igual manera, en ciertas circunstancias decimos: “DIOS MÍO, DAME UNA SEÑAL, INDÍCAME LO QUE DEBO HACER”, que mostraría confianza en el Señor y por qué no, crecimiento en la fe. Pero hay otras peticiones de señales, producto a veces de la desesperación ante los avatares de la vida, que advierten una escasa fe y pérdida de la esperanza. Es cuando se “grita” al Señor diciendo: Dios mío, “si existes” concédeme esto o aquello, o se acude al adivino, al brujo, al objeto de superstición o se abandona la Iglesia, para ir donde prometen mágicamente “prosperidad”, “salud”, “amor” y tantos otros beneficios. Isaías (7,10-14) relata que “En aquellos días, el Señor habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.» Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor.» Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".». Jesucristo, la Palabra hecha carne, es la “señal” de Dios para nuestra vida, no tenemos que pedir o esperar otra. Un niño frágil, pobre, envuelto en pañales, es la máxima señal o revelación de Dios y en quien podemos encontrar respuesta a los grandes o pequeños “enigmas” de nuestro presente y futuro. Es por ello que en el ocaso del año 2011 y en los albores del 2012, no busquemos averiguar lo que “va a pasar”, nuestra “suerte” o “destino” en lugares equivocados, sino que tomemos consciencia de algunas “señales” que nos llevan a un verdadero encuentro con el Señor, para así seguir el camino que nos conduce a la auténtica felicidad.
La primera señal, o mejor dicho, el primer signo, es la Iglesia, dos veces milenaria, y que edificada por Cristo sobre el cimiento de los Apóstoles, ella es su “sacramento” en el mundo y semilla de su Reino. El Dios hecho hombre, antes de volver al Padre, no dejará un libro, sino a su Iglesia, para que continúe su misión hasta el final de los tiempos, impulsada por el Espíritu Santo. Es a la comunidad eclesial, a quien debemos acudir - como el hijo busca a su madre arrugada, anciana - para pedir el consejo, la guía, la luz que nos permita llegar a puerto seguro en el próximo año y el resto de nuestra existencia. Otras “señales”, son los siete sacramentos, que nos conducirán a la vida plena, si los “experimentamos” como posibilidades de encuentro con Dios. Entre ellos, la Eucaristía, presencia real del Señor, en quien se ha querido quedar con nosotros, todos los días, hasta el final de los tiempos. Los signos “pobres” “humildes” del pan y del vino, convertidos a los ojos de la fe, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, impulsarán nuestro caminar y aumentarán nuestra esperanza en un mañana mejor. Con humildad hemos de decir “Ilumínanos, Señor, con la luz de la fe y enciende nuestros corazones con el fuego de tu amor, para que aceptemos a Cristo, nuestro Señor, presente realmente en este sacramento y lo adoremos verdaderamente, con amor y fe”. No es indispensable buscar gurús, “superapóstoles”, “estrellas” de televisión en el campo religioso o realizar largas peregrinaciones para encontrarnos con Dios y la consiguiente respuesta a nuestros interrogantes. En el templo, participando en la Sagrada Eucaristía, haciendo oración ante el Sagrario, escuchando con atención las Lecturas Bíblicas y las palabras del sacerdote (que hace las veces de Cristo, cabeza de la Iglesia) podremos descubrir lo que Dios quiere para nuestra vida. En estos días no alistemos los “cucos” o “pantaloncillos” amarillos, los riegos o sahumerios para la buena suerte. Tampoco la maleta para salir corriendo alrededor del barrio, dizque para tener prosperidad y muchos viajes en el nuevo año. No vayamos donde el que lee el tarot o las cartas para que nos adivinen lo que pasará en nuestras vidas. Es mejor acudir a una señal inequívoca, la Sagrada Biblia, que contiene todo lo que Dios quiere para llevar una vida mejor y virtuosa: “Tu Palabra es antorcha de mis pasos y luz de mi camino” (Salmo 119, 105). Toda ella nos habla de Cristo, Palabra definitiva del Padre para toda la humanidad, así “cuando el hombre empieza a mirar y a vivir a través de Dios, cuando camina con Jesús, entonces vive con nuevos criterios y, por tanto, ya ahora algo de lo que está por venir, está presente. Con Jesús entra alegría en la tribulación” (Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret). Y si queremos más señales para saber el camino que hemos de seguir en el 2012, dispongámonos a ver en los hermanos, especialmente los más necesitados, a Cristo que pasa a nuestro lado y nos “habla” en su miseria, abandono o enfermedad. Algunos decimos: “si viniera Cristo a mi casa, lo atendería como a un Rey”… pero a veces somos ciegos para verlo en el hermano pobre que nos pide un poco de comida, en el sencillo, sufriente, o el “aparentemente” ignorante, que nos puede dar lecciones magistrales en eso de apreciar lo que es verdaderamente fundamental en la existencia.
Jesucristo es el regalo más importante, el bien más precioso, la máxima bendición del Padre para nuestra vida y en quien encontramos nuestra “suerte” y “destino”. El Padre Celestial mandó a su Hijo y, en él – al asumir la condición humana- nos bendijo de nuevo con toda clase de bienes espirituales (Cf Gálatas 4, 4; Ef 1, 3). De esta suerte, la antigua maldición se nos convirtió en bendición, cuando “nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios, que, borrando la maldición, nos trajo la bendición” (Oficio Divino). En estos días, escucharemos llenos de gozo, una fórmula de bendición, que augura tiempos mejores para cada día del año nuevo, y que se convierte en un deseo para cada uno de los amables lectores: “Que el Señor los bendiga y los proteja. Ilumine su rostro sobre ustedes y les tenga misericordia. Vuelva a ustedes su semblante y les conceda su paz” (Misal Romano).




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