Por Alfonso J. Luna Geller
Viendo la agilidad y seguridad con que don David Carabalí Arrechea camina airoso con su bastón guía por las calles de Santander de Quilichao, un día me puse a conversar con él sobre la pérdida de su visión y sus relaciones con el caótico entorno en el que le toca desenvolverse.
Me preparé para entrevistar un ser huraño, triste, deprimido y seco. Me equivoqué: don David se mostró como una persona normal, con dificultades, pero con las capacidades para hacer lo mismo que alguien vidente, inclusive, mucho más alegre y dicharachero.
Recordé, a propósito, un chiste de esos que circulan por Internet: Steve Wonder le dice a José Feliciano: - Necesito que me prestes 20.000 dólares. - ¿Y cuándo me los devuelves? - En cuantito nos veamos… Resulta que, tanto el estadounidense Wonder como el puertorriqueño son ciegos desde la infancia, sin embargo, ambos, famosos cantantes, compositores y hasta productores discográficos, que, tal vez por sus limitaciones, desarrollaron un talento que los llevó a convertirse prácticamente en genios de la música.
Es cierto, los temores, tristezas y problemas cotidianos de los no videntes quedan atrás cuando la persona decide asumir con valor, esperanza y hasta con optimismo su nueva condición. Don David, nacido en la vereda El Llanito, municipio de Caloto, hace 65 años (16 abril de 1946), a pesar de las dificultades, le saca provecho a todo. Él es el padre de Leidy Johana, niña que padece parálisis cerebral desde su gestación, y de Juan David Carabalí Ríos, estudiante de matemáticas y física en la institución universitaria Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid, de Medellín, donde viven con su madre Gloria Amparo Ríos. Afortunadamente, Carabalí Arrechea se pensionó muy joven, a los 36 años (desde 1980), como Sargento Viceprimero del Ejército Nacional. Pero fue en “la civil”, en el año 2005, cuando una rara enfermedad progresiva, mal manejada, de desequilibrio de gases en la sangre, le produjo su ceguera, por lo cual tuvo que abandonar sus labores cotidianas como taxista en Medellín, profesor militar en la Escuela José María Córdoba de ésa misma ciudad, donde también fue destacado futbolista.
Por prescripción médica don David tuvo que desplazarse a un clima más caliente y fue en el 2008 cuando llegó, de nuevo, a Santander de Quilichao, a la casa de su madre, doña Estanislada Arrechea y al reencuentro con algunos de sus diez hermanos.
“Yo he llegado a la conclusión que ser ciego no es tan trágico. Es limitante, pero no es tan trágico. Te deja una ventaja: es que puedes pensar, te da la opción de meterte hacia adentro, de mirarte a ti mismo y uno empieza a darse cuenta de una serie de cosas que la persona vidente no sabe”, indica David, quien aprendió a ser ciego, no le quedaba más remedio.
Fue por eso que David “abrió los ojos” y se dio cuenta que algo tenía que hacer para valerse por sí mismo y salir adelante. No podía dedicarse a sus miedos, como el de salir a la calle y perderse o ser víctima de un atraco, que le pasara algo, o a ser dependiente de alguien. Entonces, asistió a la Escuela de Ciegos y Sordomudos de Medellín donde aprendió las técnicas básicas de comunicación, movilización y orientación, y a realizar las actividades propias de la vida diaria. Hoy, don David sabe perfectamente diferenciar billetes y monedas, ha aprendido a hacer las cosas en su casa, a caminar con el bastón… en el fondo, a autovalerse por sí mismo. Es muy orgulloso al expresar que “yo juego con la imaginación. Es la parte rica de ser ciego, que puedes imaginar y eso te lleva a todas partes, y te lleva nuevamente a ser una persona vidente…”.
Don David Carabalí hacia sus adentros es casi un genio, un hombre que es capaz de lograrlo todo, pero en su vida real es un ciego con todas las limitaciones que ello implica. Y es entonces cuando se queja: Santander de Quilichao, como casi todas las ciudades, no es amigable para ningún discapacitado, en especial para un ciego. Las calles están desniveladas, no están adaptadas para ellos, los semáforos no tienen sonidos para guiar al que quiere cruzar, los andenes son un martirio, a menudo ocupados por vendedores ambulantes, o utilizados como estacionamiento de motos o vehículos, en fin, no hay cultura. La discriminación se vive a diario empezando porque el limitado no puede tener acceso a lugares públicos y cuando lo logra, muchas veces le toca hacer fila para que lo atiendan. Con los alimentos y medicamentos pasa algo parecido: los supermercados no están hechos para gente que no ve, por lo tanto los ciegos tenemos que ir obligados con alguien a comprar y ni hablar de los cajeros automáticos y la seguridad para el manejo del dinero… Y repite, casi triste: “a los ciegos la gente no los ve en la calle, muchas veces tropiezan con sus bastones sin mirar al que no puede hacerlo, uno se sorprende con carros o motos transitando en contravía, sin respetar pares y semáforos, o parqueados sobre la cebra. Es más, cuando intenté hablar sobre este tema en la Secretaría de Tránsito Municipal, una de las dependientes me dijo que allí no tenían tiempo ése día, pero tampoco me dijeron cuándo… todo va quedando así, pero espero que el nuevo gobierno local, como lo prometió, realmente haga algo sobre este asunto…” sentencia Carabalí Arrechea.
No obstante, retoma su mejor humor para ratificar que en verdad, sus oídos oyen más de la cuenta, y que no habita en el valle de los lamentos, porque ha aprendido a dominar el mundo a su manera. Y para señalar que el entorno para él no es de ninguna manera desconocido, hace otra remembranza: hizo su escuela primaria bajo dirección de su padre, Neftalí Carabalí Conú, en la vereda Muchilanga y en el corregimiento El Palo, de Caloto; hasta cuarto de bachillerato, en el Instituto Técnico, de Santander de Quilichao, y quinto y sexto Colegio Militar Patria, de Bogotá, de donde saltó con especiales méritos, en 1965, a la Escuela de Ingenieros, donde se graduó como suboficial del arma de Ingenieros, por lo cual recorrió varias unidades militares como el Batallón Codazzi de Palmira, el Batallón Caldas y el Comando del Ejército, Sección Ingenieros. Cuando se retiró de las armas, se casó en la Parroquia de los Padres Carmelitas, de Medellín, con la madre de sus hijos, Gloria Amparo Ríos.
En resumen, don David, es una voz optimista y segura. Una voz con luz en los ojos, en los oídos, en la lengua, en todo él, que a diferencia de muchos que están ciegos sin serlo, él ve mucho más allá de sus pupilas, él es de los ciegos que ven y hacen ver a los que sin ser ciegos, actúan como si lo fueran.



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