jueves, 8 de diciembre de 2011

FLOR DE LIS

Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca

—Hay que leer los poemas de Parménides y de Empédocles —le dije—. En Dante hay mucha filosofía entre líneas; y Lao Tse es poesía y la más alta filosofía. ¿Qué me dice de San Juan de la Cruz? Su obra poética es un canto alegórico de la más pura y exquisita teología mística, filosofía imponderable para ascender a Dios —añadí—. ¿Y eso qué tiene de malo? ¿La poesía no puede manejarse con otras miradas, metas, inquietudes y lenguajes? Supongamos que un poema sea "filosofía en líneas"... más interesante para mi cosmovisión de las cosas. ¿No se pueden demarcar nuevos ritmos, nuevas asunciones, nuevos problemas y temarios? ¿Por qué se necesitan tantas vallas y rigideces ante las cosas? El arte lo define el artista con su propuesta, no los teóricos ni críticos, y mucho menos cualquier tipo de prejuicio, venga de quien venga, por autoridad que sea.

—Precisamente desde hace tres días volví a tomar “Teoría de la expresión poética”, de Bousoño. Él precisa que la poesía no es medio de difusión de ideas, que el autor real es desplazado por el autor ficticio. De un poema se derivan emociones, no ideas. Por eso la poesía es el género que menos envejece.

—Para mí, la poesía no tiene prejuicios en contra; es el terreno libre, abierto a la verbosidad más exquisita. A Bousoño no lo conozco, y todos los demás podrán pontificar con sus prejuicios y dignidades filosóficas, pero para mí la poesía, una forma de arte entre muchas, nos da libre vía a los terrenos más extensos, deslimitados de toda pauta y señalamientos inhibitorios —añadí, y entonces le pasé mi último escrito. Le dije que en él no había nada de “filosofía entre líneas”, nada ajeno a la mera intención literaria. Él lo leyó, entornó un poco la mirada, y me lo devolvió, no sin antes repasarlo en voz alta:

La ventana azul dejaba entrar el cielo con sus átomos volátiles; tibia era la tarde mientras ella lavaba con saliva mi cetro de los sueños. La música, una voz sedosa, un humor íntimo se expandía al calor de los sentidos.

“Flor de Lis, tu cáliz está húmedo para las caricias del éxtasis; ojalá el tiempo escancíe lo mejor del cielo entre nuestras miradas de nube”, pensé.

“Sólo alguien con cabellos de ébano puede levantar mi sombra, arroparla con los dedos del amor, adornarme con su flor heráldica dorada y su risa de ángel”. Lo había comprendido, sentido así, mientras la melodía sedosa lubricaba la piel y las palabras del momento. Es que se aman entre sí las palabras cuando nacen de los cuerpos que se unen bajo el manto de eros y el regalo de los dioses baja a los sentidos.

El reloj proseguía su minuta que barre los momentos, la sed no se apagaba todavía. Yo ví su risa íntima regarse por los poros escondidos… Afuera cabalgaban los ángeles en corceles de oro.

—Tienes razón, y por supuesto, es perceptible el erotismo, arropado por nubes: como en general es el amor de dos cuerpos.

—El eros mueve mundos, sacude íntimamente cuerpos y afectos. Tiene poder; por algo lo representan armado con arco y flechas, aunque es un mocito alado, que escoge sus inocentes víctimas, inermes, a su antojo. Resistirlo es pelea contra el destino. El amor es el primero de los dioses, según las mitologías.

—Eros/sexo nos mueve, nos enfrenta, nos encara, nos desafía... ¿Acaso no es el origen de esta vida?

—Eros satisface plenamente la existencia, solicita y fecunda el placer. Alguien me dice que quien no guste del erotismo está loco. El erotismo se cumple hasta en las más altas esferas con un rostro nuevo y desconocido: el rapto, el éxtasis. Pero el eros sagrado es otra cosa, otra dimensión. Podríamos decir que está en San Juan de la Cruz, en El cantar de los Cantares, en las Meditaciones de San Agustín, en el delirio de Dante por Beatriz… Un eros que traspasa el tiempo convirtiéndolo en éxtasis sublime, olvido de todo lo creado.

—Lo que recuerdo de San Juan de la Cruz es que hace tan leve su registro "místico-filosófico", que el lector entra en esa levedad donde toda filosofía queda disuelta en la emoción.

—¿Extraño, no? Un sabio, místico, poeta, que invita hasta el extremo de olvidarlo todo, incluso las palabras, para realizar el último sentido de la existencia, el arrobamiento supremo, entregarse por completo a lo divino, y así "estarse amando al Amado".

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