Por el Padre Edwar Gerardo Andrade Rojas
Párroco Iglesia de la S. Trinidad
Santander de Quilichao
Jesús vino a este mundo, no sólo como pobre “insignificante”, sino, además como un “simple” nómada, sin casa donde nacer (Ver Lucas 2, 6-7). Esto no nos debería de sorprender, puesto que los destinatarios de la buena noticia de su llegada serán, antes que otras personas, los nómadas, apartados de la vida civil. También envía sus mensajeros a unos pastores que, guardando sus rebaños, acampaban cerca de la ciudad. Estos últimos estaban al margen de la sociedad y eran marginados también del culto oficial. Los fariseos los miraban mal, porque no eran cultos, desconocían la ley y, por eso, estaban fuera de la religión y destinados al “infierno”. A estos “excomulgados” es a quienes Dios envía sus ángeles para anunciarles su venida. Así, se nos dice que a los ojos del Todopoderoso, los grandes son los pequeños; los arrojados de la sociedad son sus amigos privilegiados.
Una antigua canción dice “llegó diciembre con su alegría, mes de parranda y animación”, indicando que para algunos, este tiempo se ha convertido en época de “parrandas”, de regalos, en la que se utilizan toneladas de papel pintado, kilómetros de hilo y de lazos dorados, tarjetas de felicitación, luces de mil colores, nacimientos con figuras poéticas, papá Noel con cajita musical y mil cosas más… pero en estos días se puede pasar por alto algo muy importante, o mejor dicho, alguien muy importante: el pobre, el que padece toda clase de sufrimientos, el que está solo, es decir, aquella persona que como Jesús, no tiene nadie quien la reciba en la posada. Para muchos, las fiestas navideñas se convierten en oportunidad para acrecentar su afán de confort, de búsqueda de bienes materiales, de comodidad y lujo, llegando así a un notable olvido de Dios, de los demás y en consecuencia a la ruina espiritual y moral. El egoísmo, que muchas veces se concreta en el afán desmedido de acumular bienes materiales, deja a muchas personas ciegas para ver las necesidades ajenas y lleva a tratar a los demás como cosas sin valor. En esta época se notan aún más las consecuencias de la secularización y la racionalización, que han acabado por crear aquellos hombres “fríos y lúcidos que dirigen el capitalismo y de los que se puede decir, en resumen, que son técnicos sin alma y sibaritas de corazón” (Raimundo Rincón), ajenos a la realidad que viven muchos hermanos, como consecuencia de un “neoliberalismo salvaje” en el que unos pocos son cada día más ricos, mientras las inmensas mayorías escasamente consiguen para “sobrevivir”. Lo trágico, es que si no hay lugar para ellos en las posadas de aquellos que nos llamamos “cristianos”, profanaremos el sentido de la Navidad, ya que de esta forma cerramos nuestras puertas al verdadero Jesús que sufre en las calles, en los hospitales, en las cárceles, en fin. El pobre es ese Jesús que solamente un verdadero cristiano puede reconocer, por lo que “la injusticia social, el olvido de los pobres es siempre signo de un olvido de Dios” (Sebastian Politi).
La miseria es un mal del que “en la medida de lo posible, hay que liberar a los humanos” (Instrucción sobre la libertad cristiana y liberación No 67). Por lo que la Iglesia, desde sus inicios, se ha preocupado por los más pobres. La primera comunidad cristiana sabía cuáles eran los necesitados y los asumía, logrando un objetivo evangélico: “No había entre ellos ningún necesitado” (Hechos 4, 34). “Se desprendían de los bienes y distribuían de acuerdo a la necesidad de cada uno” (Hechos 2, 44). Hasta nuestros días somos testigos de encomiables obras en beneficio de los más necesitados: sacerdotes, religiosos y religiosas, católicos comprometidos, se dedican con amor a la atención de los más necesitados en orfanatos, hospitales, escuelas, colegios, etc. Se desarrollan proyectos en medio de comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes. No hay parroquia o comunidad Católica que se excluya de buscar la forma de llegar a los que sufren. No obstante, se puede hacer más. Cada uno de nosotros, no sólo en Navidad, sino todos los días del año, debe tener “al menos” una persona, con rostro y nombre concreto, a quien ayudar, a quien tenderle la mano, a quien decirle: puedes contar conmigo.
La Parroquia Santísima Trinidad de Santander, presenta a las personas de buena voluntad, mediante su Ministerio de Pastoral Social, una manera de salir al encuentro de los hermanos y hermanas más pobres y urgidos de solidaridad, mediante una Pastoral Social cada vez más integral e inspirada en los valores del Evangelio y la Doctrina social de la Iglesia. Su misión será brindar ayuda prioritaria a personas y familias en situación de extrema pobreza y vulnerabilidad, ya que “…la caridad cristiana es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos para que se recuperen, los prisioneros visitados, etc”. (Encíclica Deus caritas est, Benedicto XVI). El objetivo, en primera instancia, será recaudar ayudas en especie para adelantar obras de caridad espirituales y materiales con nuestros hermanos más necesitados. Se buscará: Recolectar alimentos no perecederos, medicamentos, ropa nueva o en buen estado; libros; juguetes; medicamentos; materiales de construcción, etc. para brindar ayuda oportuna a familias y personas verdaderamente necesitadas. Se tratará de idear, mediante un atrabajo en equipo, por parte de los integrantes del Ministerio de Pastoral Social, algunas formas concretas y oportunas para ayudar a personas verdaderamente necesitadas. En lo posible, se construirá y adecuará técnicamente un salón de acopio para el llamado “banco de alimentos”, que se ubicará en el segundo pido del Salón Parroquial (por la carrera 11). También se piensa adecuar, en el transcurso de los próximos años, un “Comedor Comunitario” para algunas personas pobres, que les brinde al menos una comida diaria. Y se Apoyarán las Campañas de la Pastoral Social a nivel nacional y local. Ojalá que en esta Navidad, hagamos el propósito firme de descubrir a Jesús en los hermanos que más nos necesitan (Leer mateo 25, 31-46).




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