viernes, 30 de diciembre de 2011

La madre de un “judío marginal”, que es el Hijo real de Dios

Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Párroco Iglesia de la Stma. Trinidad
Santander de Quilichao


En el tiempo de Navidad, que celebra el nacimiento de Cristo, se celebra también la Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios, el 1 de enero de cada año. Reconozcamos en primer lugar que fuera de los Evangelios no hay apenas noticias históricas sobre María, la madre de Jesús. Cumpliéndose lo que dice la Primera carta a los Corintios (1, 27-28): "Ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es". De igual manera, Santiago en su carta dirá: "¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo para ser ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a quienes le aman?" (2,5). Que no se conozca a María en ciertos ambientes, no nos debe extrañar, ya que también son escasas las referencias históricas a su hijo, Jesús de Nazaret. Para la historia profana, sea romana o judía, Jesús no era un personaje deslumbrante, esencial. Flavio Josefo, historiador judío del siglo I y Tácito, historiador romano del mismo siglo, escasamente le dedican algunas líneas. De María no hacen ni la menor mención. No obstante, a través de las referencias a Jesús y a la situación de su época, es posible acercarse a la figura histórica de su madre. Si es conocida María, lo es a causa de su hijo Jesús, quien no fue, sin embargo, para la gente de su época un personaje notorio o famoso. Jesús nació de una mujer, de una persona del pueblo, sencilla, pobre, pero que aguardaba ansiosamente la venida del Señor. John P. Meier, historiador moderno, afirma de Jesús que “Fue un judío marginal, que estuvo al frente de un movimiento marginal, en una provincia marginal del vasto Imperio romano”. La palabra “marginación” es importante para entender quiénes fueron Jesús y María, su madre, quien también fue una judía marginal. Nazaret, era una aldea marginal, pequeña, sus habitantes se dedicaban a la agricultura, pero sin ningún tipo de prosperidad, no obstante, según J.D. Crissan, aunque “el nombre de Nazaret no haya sido citado en ninguna de las fuentes fuera del cristianismo, sus campesinos vivían a la sombra de una importante ciudad administrativa, en medio de una red urbana densamente poblada, en relación de continuidad con una tradición cultural helenizada… Jesús creció cerca de una de las vías comerciales más transitadas de la antigua Palestina, en pleno centro administrativo del gobierno provincial romano”. María es la madre un crucificado por los romanos. María aparece en el contexto judío como la madre de un ajusticiado por razones políticas y antisemíticas. Es una madre judía que comparte y con quien comparten sus sufrimientos miles y miles de madres judías.

De Jesús se dirá paradójicamente que es “el Hijo de Dios”. Un ser humano es el Hijo real de Dios. Esa es la confesión de fe que late en todo el Nuevo Testamento. Por consiguiente, su madre es “Madre de Dios”, no en cuanto le haya dado “origen” a Dios, sino en cuanto es la madre de uno que es Dios. Según las Sagradas Escrituras, sobre el Niño de Nazaret, se dice que el gran protagonista de su génesis fue el Espíritu Santo. A través de Él y en Jesús, Dios se hizo “Emmanuel”, el Dios con nosotros. O con otras palabras: “un individuo humano, María, por medio de su fe, engendró al Mesías y a través de ella, Dios mismo se comunicó plenamente al género humano. Se trata de una maternidad totalmente especial en la historia de la humanidad; una maternidad que trasciende cualquier otro tipo de maternidad” (A. Müller). Isabel dirá de la Madre de Jesús: “¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lucas 1, 43). Y María canta: “De hoy en adelante todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lucas 1, 48).

En el año de 431, Nestorio dijo que María no era Madre de Dios, afirmando: “¿Entonces Dios tiene una madre? Pues entonces no condenemos la mitología griega, que les atribuye una madre a los dioses”. Ante ello, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso –la ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años– quienes iluminados por el Espíritu Santo declararon: “La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios”. Y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén". Y a lo largo de la historia del cristianismo, encontramos no pocos escritos que exaltan la obra de Dios en María de Nazaret. Ella, encinta de Cristo es una especie de "ostensorio", "arca santa, castillo en el cual reposó el Señor, trono del omnipotente, puro tabernáculo, casa de Dios, palacio del gran Rey, altar de Dios Padre", "que encerró en su vientre virginal y santo aquél a quien nadie puede contener" (Cirilo de Alejandría). Hay quienes afirman que el Dios-hombre nació del seno virginal formado por el Espíritu del gran Dios, construyendo un templo puro al templo. La madre, en efecto, es el templo de Cristo: éste, a su vez, es el templo del Verbo... La Virgen intacta, después de haberlo concebido en sus entrañas irradiadas por la divinidad, lo dio a luz al término del tiempo de la gestación. Entonces el Verbo soberano revistió nuestra carne pesada y llenó el templo con su pura divinidad. Las entrañas de María fueron irradiadas por la divinidad y consagradas como templo de Aquél que es por excelencia el perfecto templo de Dios, Jesús de Nazaret. Ambrosio dirá: “María no es el dios del templo, sino el templo de Dios” y Proclo: "María es el templo en donde Dios se hace sacerdote, no cambiando nuestra naturaleza, sino revistiéndose de Aquél que es según el orden de Melquisedec". Dante, en el seno de María, ve el encenderse el fuego del amor de Dios y germinar la flor que es Cristo: Virgen madre, hija de tu Hijo, humilde y alta más que criatura alguna, término fijo de eterno consejo. En tu vientre se encendió el amor por cuyo calor en la eterna paz ha germinado así esta flor. La conclusión nos la da Karl Rahner, un notable teólogo del siglo XX, quien como fruto de una larga historia de reflexión, le dirá a María: "Virgen santa, verdadera madre del Verbo eterno venido a nuestra carne y a nuestro destino, mujer que has acogido en tu fe y en tu seno bendito nuestra universal salvación. En cuanto mujer de nuestra raza, tú recibiste para nosotros y has contenido en tu seno y en tu amor a Aquél en nombre del cual existe la salvación en el cielo y en la tierra".

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