FABIO ARÉVALO ROSERO - MD
Cuando llega la Navidad y el fin de año, a pesar del maquillaje de la parafernalia, son más las tragedias que se viven. Y tantas veces nuestra indiferencia se impone y pasamos de largo ante la desgracia e infortunio. Queremos mostrar que gozamos y celebramos, pero la realidad es otra. El poder de la comercialización no tiene límites ni escrúpulos y los pocos que pueden derrochar, generalmente por esnobismo y para compensar sus carencias, son los que más ruido hacen. Gulas y borracheras dejan saldos poco deseables.
Carlitos y Andrea son dos niños que nacieron en un humilde hogar. Desde el principio su madre empezó, al parecer, a tener serios problemas de salud que afectaron su comportamiento, hasta el punto de verse impedida de asumir la crianza de sus hijos. Quedaron bajo la responsabilidad de su padre Juan, quien se apropió con enorme suficiencia y pasión de su rol de “papá-mamá”. Los niños a pesar de las enormes carencias, se sentían orgullosos del gigante esfuerzo que Juan hacía por llevarles algo para la mesa.
Los chicos disfrutaban también de la compañía y el apoyo de su abuelita paterna, quien compensaba el vacío de mamá. Así mismo de una tía, que igual estaba pendiente de ellos y les ayudaba. Juan el padre era un ser tierno, humilde, responsable, respetuoso de todo el mundo y muy dedicado al poquito trabajo que podía conseguir, por ello los niños no exigían demasiado, solo su amor; tenerlo, para ellos era un privilegio. Mientras la sonrisa de papá estaba al frente y ese profundo amor que les expresaba, eran felices, nada les hacía falta.
Pero la tragedia empezó hace un año. Un accidente absurdo se llevó a la tía definitivamente, menguando la ya de por sí difícil situación que aceptaron con resignación, obligando a duplicar los esfuerzos de Juan, para quien cada vez era difícil tener un trabajo decente. Sus dificultades eran mayúsculas. La abuela había heredado una pensión de su esposo y con ello se resolvían muchas urgencias.
Pero hace poco más de un mes, la abuelita de los niños de 11 y 8 años, sufrió un infarto y falleció. Con ello se fue esa figura “materna” que acompañaba y alegraba tanto a los niños y le asestó un golpe mortal a Juan, quien entró en una profunda crisis, ya que sus hijos ahora dependían de él y solo de él. Además con la abuela se fue hasta la pensión que era como un seguro de la familia. Juan perdió el poquito trabajo que tenía, entró al parecer en una profunda depresión, casi insostenible, pero sus hijos lo mantenían en pié.
Hace unas cuantas noches, con escasas expectativas se acostaron a dormir, llenos de tristeza y con susto frente al futuro. Un par de fuertes ronquidos despiertan a los niños. Encienden la luz y ven al papá con sangre en la boca y la nariz. Desesperados piden ayuda, llegan unos paramédicos quienes de inmediato se percatan que Juan ha fallecido. Para reducir al máximo semejante trauma, hacen las maniobras de resucitación y se lo llevan a un hospital, donde certifican su muerte. Para lo que sigue no hay palabras.
La historia es reciente, los nombres han sido cambiados. Las tragedias de la gente humilde, deben tener alguna relevancia. Estos niños profundamente maltratados por la vida, demandan apoyo y atención integral. No hay derecho para que unas inocentes y débiles criaturas tengan, justamente en Navidad un sufrimiento tan infinito.
Apostilla: Si alguien quiere saber un poco más de este caso, me puede escribir un mensaje personal (o llamar).
Twitter: @fabioarevalo

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