sábado, 10 de diciembre de 2011


LAS ENSEÑANZAS DEL GENERAL INVIERNO


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

En 1956 estudiaba en el seminario claretiano de Bosa. De vez en cuando hacíamos paseos cortos al Río Bogotá, pasando unos potreros vacíos un poco hundidos. Llovía bastante por abril y en noviembre. Algunas dos veces en un lapso de cuatro años el agua alcanzó a llegar con gran susto nuestro a las puertas del convento. Sus aguas no eran negras. Apenas eran de color tierra y no eran malolientes. La usábamos para llenar la piscina y nos bañábamos y nadábamos en ella.

Desde ese tiempo el río inundaba lo que hoy ya no es terreno vacío. Desde Bosa hasta lo que hoy es Kennedy y antiguo aeropuerto de Techo era casi baldío. Con frecuencia íbamos a tomar gratis café de exportación, estrenamos por largo tiempo la promoción de Ponymalta y disfrutábamos viendo como aterrizaban los DC4 y decolaban los súper Constellations. Y, así, sucedió con otros terrenos en ciudades y lugares más apartados. Los ríos tenían sus riberas naturales, como el venerable Nilo, con algas, arena, guaduales que los protegían.

Pero eso no lo tuvieron en cuenta autoridades municipales, urbanizadores, CARS, curadurías urbanas o ambientales. Permitieron construcciones sobre humedales como en Chía, en terrenos bajo la cota normal. La gente ingenua ha gastado el fruto de sus sudores y de su vida en apartamentos y lotes ubicados en estos lugares que el agua llena cuando la Naturaleza derrama más sus lluvias. ¿En dónde estaba la Contraloría, la Procuraduría o es que sus empleados eran ciegos y sordos?

La imprevisión de los gobiernos, la orden de los generales, el ojo de los expertos ahora no bastan para tapar lo que siempre estuvo palpable. Cuántos permisos de construcción dieron las oficinas de Planeación, las autoridades municipales por décadas y décadas. Las ciudades han crecido y la ambición y corrupción de los responsables no tienen medida ni saben de las penurias de los pobres.

Nadie podrá quejarse de las épocas del natural y fecundo invierno. Eso siempre ha ocurrido. Ahora con tanta tala de bosques y enrarecimiento del ambiente se han recrudecido. Los derrumbes que han ocurrido tienen nombre y apellido. No es la Tierra ni el Agua del dócil invierno ni los Árboles que se desploman sobre carros los responsables. Alcaldes, personeros, ICA, Corporaciones autónomas no están cumpliendo con su cargo. Por favores y conveniencias se han aliado con avivatos y han dañado las cuencas, desviado el curso de los ríos, vertido desechos industriales en su lecho, descuajado montañas para extraer gravilla, oro y otros metales. Ahí está la causa. No es que un dios esté castigando ni que el mundo se está acabando en una nueva apocalipsis. Se ha acabado la moral pública.

Ahora el Presidente anuncia que destinarán un billón de pesos para mitigar los efectos del invierno. ¿A dónde llegarán esos recursos, en qué manos quedarán? Mientras tanto los famosos POT, las licencias ambientales, los permisos para “aprovechamientos” forestales, seguirán taladrando rocas, talando las selvas ancestrales. Hace falta mano dura no solo para la guerrilla. Hay otro mal peor que es la indolencia administrativa, la vista gorda, la complacencia con los “inversionistas” que arrancan la riqueza, destrozan el ambiente y desplazan habitantes y recursos nativos.

Habrá que hacer una gran marcha para defender al suelo de gentes inescrupulosas, de las autoridades encargadas y para alertar a la gente que no compre casas en terrenos cuya propiedad pertenece al agua en los inviernos.

09-12-11 - 9:17 a.m.






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