jueves, 29 de diciembre de 2011


LOS HIJOS NO SON NUESTROS RETOÑOS

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Khalil Gibrán

En estos días los ojos y las neuronas como que retroceden un poco para mirar el rastro que deja el tiempo. Implacable la memoria trae los recuerdos de los hijos y los pone sobre pañales y sobre el caballito de madera o la calesita del parque. Los vemos con nuevos ojos aunque han crecido. Y hasta hacen reblandecer nuestro sentimiento paternal y materno. Porque de padre y madre todos tenemos algo.

¿Son rayados como hijos de tigre nuestros hijos, parecidos a nosotros? ¿Heredaron nuestras manías, nuestros gustos y miedos o nuestra ambición o tacañería? ¿O, extrañados, hoy los vemos distintos y zafados de nuestra mano protectora en otros días? Ya no peinamos sus bucles con nuestros dedos y los sentamos sobre las rodillas. Ya no les ofrecemos el helado o el dátil, la mermelada o la aceituna que nos encantaban.

La edad, el cambio de casa, de barrio, de amigos, de colegio y el paso por la universidad, el matrimonio hacen cambiar a los hijos. No podemos prolongar en ellos nuestro pensamiento, nuestros deseos, los sabores que picaban nuestra lengua. Nuestra manera de observar la vida y de pesarla en la balanza romana, como un bulto de papa. El siglo llega con otras visiones y afanes. Queramos o no, es imposible que ellos a través de nuestros ojos valoren y que midan con nuestra propia medida.

Cuando joven, sin criterio, pensé que estar al lado de padre y de la madre era propio del ser humano. Que solo la tigresa, el águila, la vaca y el burro apartaban sus crías desde pequeños y dejaban que la vida, las inclemencias y la necesidad los curtieran. Al llegar a la Universidad un día caí en la cuenta que a ellos la vida les da la sabiduría que tarde a nosotros llega.

El ser humano parece que madurara a golpes, como la carne de ternera que se mete en nevera. El perro cachorro no necesita ir a la escuela para aprender a levantar la pata en público ni para saber lo bueno que es el hueso sin carne. No se pone servilleta en la calle ni coge el cuchillo con la izquierda. Y muere más viejo que el hombre.

Pero el hombre un día aprendió a mandar como el padre, a maldecir como cualquier presidente y a llorar como borracho en la tienda. Y quisiera que los hijos hicieran lo mismo. Y la madre regala muñecas con zapaticos brillantes, platicos de mentiras y una casita con muebles y quisieran que sus hijas se portaran lo mismo. Regalan cositas en los cumpleaños, lloran en los entierros, viajan para Navidad y la tradición se forma. Rara vez se regala un libro, rara vez se dialoga con los hijos, no sabemos de sus ilusiones y creemos que sus gustos son los mismos de cuando tenían tres años.

El mundo cambia, y nuestros hijos son más hijos de la vida que de los padres. Sus pasiones, su ambiente, su creatividad, su imaginario van conformándose poco a poco. Tardarán mucho en encontrar su paso, su madurez, su propio Yo, diferente al nuestro. Posiblemente nos veremos reflejados en ellos en pocas cosas… en defectos, rasgos físicos y aspiraciones.

29-12-11 - 8:59 a.m.

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