martes, 27 de diciembre de 2011


NAVIDAD Y PÓLVORA EN CALI


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Navidad, Natividad, nacimiento, natalicio, novena, buñuelos, natilla, desamargado, villancicos y tambor con redoblante en Cali. Ese es el nombre de la fiesta de fin de año en esta ciudad. Se flexibiliza el trabajo y la gente se acuerda del calor de la familia, las amistades, del manjarblanco y de la cabalgata, los toros y la salsa.

A toda carrera se entregaron calles y puentes y la ciudad se volvió más amable. Las 20 megaobras anunciadas, como la terminación del Estadio quedaron en obra negra. Sigue el pico y placa y la ciudad respira con catéter y vendas. Mucha gente salió a buscar alivio y las calles se vieron solas el 24 y ayer domingo. Únicamente se vieron llenos centros comerciales en las horas pico.

Ya entrando la noche del 24, desde los pisos altos como mirador, Cali prolongó el arco iris de la tarde con luces y triquitraques. Por aquí y acullá se alzaban zarzales de líneas, arcos, estrellas, pompones de las bengalas lanzadas desde plataformas de volcanes en el suelo. Proliferaron las luces de juegos pirotécnicos y por todas las esquinas resonaban los totes, buscaniguas y zumbidos de cohetes y voladores.

Parece que las prohibiciones, las alertas rojas y amarillas se trasladaban al cielo. Porque toda la ciudad se regó como un lago de fuego. El final del mandato relajó los controles y advertencias sobre el peligro de la pólvora. Cali parecía un concierto de ruido, estallidos, bengalas gigantes que agitaban su cola en los aires. Eran las 11 de la noche y el cielo de Cali ardía y miles de truenos gritaban con chispas y colas de rojo y verde.

El ojo no pudo cerrarse en toda la noche. Alguien en una calle, otro en una esquina, allá en el parque, más lejos una mano con mucha plata y licor encendía un cohete tras otro. La noche era una barriga de año viejo llena de pólvora, triquitraques y totes que reventaban. Hasta la madrugada no cesó el ruido. Parece que volviera a repetirse la famosa época del ruido. Todos amanecimos el 25 con los ojos en la nuca. De nada valieron años de educación, de mensajes de peligro, de campañas para detectar las ventas fraudulentas y de prevención para accidentes.

Navidad no tan tranquila. No hubo lugar para el descanso nocturno. No fue una noche de paz sino de intranquilidad y pesadilla. Lástima que no hubo quien frenara la gana de protagonizar, el ansia de alardear en el frente de su casa echando la casa por la ventana y gastando la plata que tiene de sobra. ¿Dónde estaba la autoridad, dónde el Dagma, dónde el 123 y la protección del ambiente? Despiertos y avivando el olor a pólvora que tanto gusta.

Llega la época de los abrazos, del saludo a la vecindad, de la sonrisa y el buen genio, del descanso. Pero esto es lo que nos tocó sufrir. No una noche de venados y regalos, de pesebres con luces y cantos de Navidad sino un ladrar de cohetes y de estallidos en los oídos. Sólo nos quedó el bullicio y una cultura del aspaviento.

El inventor de la pólvora y de su máquina de ruido se debió revolcar entre chispas y humo en la cama del cementerio. Y las chivas infernales que inundan el centro y las discotecas debieron apagar sus parlantes porque con tanto cohete era menor su ruido.

26-12-11 - 11:23 a.m.

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