jueves, 8 de diciembre de 2011

Uno de los mejores parnasianos

Ecos de la Historia

Agencia de noticias Vieja Clío. Popayán, 1943.

La agencia de noticias Vieja Clío informa al país y al mundo entero que en el día de ayer, jueves 8 de julio, día luctuoso, expiró en esta hidalga ciudad el que podría llamarse el mejor parnasiano que esta tierra en su larga y fructífera historia concibió.

Hay un instante del crepúsculo
En que las cosas brillan más,
Fugaz momento palpitante
De una amorosa intensidad.

Por versos como esos hay críticos que consideran la supervivencia de Guillermo Valencia similar a la de la fría eternidad del mármol.

Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices,
De verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,
Los cuellos recogidos, hinchadas las narices,
A grandes pasos miden un arenal de Nubia.

Hay otros que por consonancias como las anteriores lo tachan de falsario, sofista, y salido de foco y de la realidad. Un simple epígono de los grandes simbolistas y de los verdaderos y auténticos modernistas.

Foto: http://upload.wikimedia.org/
El hecho es que Guillermo Valencia Castillo, además de buen poeta fue, con excepción de Presidente de Colombia, de todo: amigo, interlocutor y cófrade de Baldomero Sanín Cano, Rubén Darío y Julio Flórez; miembro de la Gruta Simbólica; empleado del Ministerio de Hacienda; secretario de Educación y de Gobierno de Cundinamarca; Gobernador del Cauca y secretario de la legación colombiana ante Alemania, Francia y Suiza; ministro de Guerra, y dos veces (1918 contra Marco Fidel Suárez y 1930 contra Enrique Olaya Herrera) candidato a la presidencia de la República. El crítico y poeta Rogelio Echavarría describe a Valencia así: "Este aristocrático hijo epónimo de Popayán y su blasón más deslumbrante, es -sin embargo- uno de los más discutidos poetas hispanoamericanos, desde sus primeros Ritos (nombre de su obra poética personal) hasta las páginas de su madurez en las que se destacan sus formidables discursos y sus traducciones de Goethe, Víctor Hugo, Baudelaire, Mallarmé, Oscar Wilde, D'Anunzio, Verlaine, Maeterlinck, Flaubert, Stefan y George, entre otros.”

En el año de 1925 se pretendió restablecer en Colombia la pena de muerte, que había sido abolida en 1910, y Guillermo Valencia fue comisionado por su partido, el Conservador, para llevar a cabo el debate en el Congreso. Su oponente sería el liberal antioqueño Antonio José Restrepo, el temido Ñito, con toda su destreza verbal, riqueza de lenguaje, memoria prodigiosa, conocimientos de historia y malicia. La pena capital se reclamaba para delitos considerados graves como la traición a la patria en tiempos de guerra, el parricidio que no el matricidio, el asesinato en cuadrilla de malhechores y ciertos delitos militares, siempre y cuando no mediaran en ellos propósitos políticos. Además, la muerte podía ser conmutada por condena a prisión perpetua y trabajos forzados. Dicen los que lo escucharon que el debate simplemente fue “de infarto”. Y a pesar de la elocuencia, la mesura y el método empleado por Valencia, los argumentos esgrimidos por Restrepo, en los que de entrada señalaba cómo la ejecución definitiva no recaería sobre las clases superiores, sobre las élites económicas ni los individuos inscritos en ellas, sino sobre los hijos del pueblo, aquellos que la sociedad había dejado en la miseria y la ignorancia, barrieron. El problema, según Restrepo, era como para exclamar con Simón Bolívar: “¡Pobres de los ladrones pobres!”. Y entre abrumadoras aclamaciones de la multitud y la mirada inteligente, indagadora y resignada de Valencia, el proyecto se hundió.

Valencia desposó en Popayán a la señorita Josefina Muñoz Muñoz con quien tuvo cinco hijos, entre los que destacan Guillermo León, que llegará a ser Presidente de Colombia, Josefina, la primera mujer en ocupar un ministerio, una gobernación, un escaño en el Senado y una embajada en la historia futura del país, y Álvaro Pío, destacado intelectual de izquierda, quien es, como lo afirma él mismo de manera constante, el único vástago del Maestro que entendió el poema Anarkos. En cuanto a la madre, doña Josefina, el bardo la inmortalizó en versos como este:

Que te amé, sin rival, tú lo supiste
y lo sabe el Señor; nunca se liga
la errátil hiedra a la floresta amiga
como se unió tu ser a mi alma triste.

Del poeta y político Guillermo Valencia han quedado abundantes anécdotas en las que son patentes y explícitas, al decir de Luis Carlos Iragorri, “las observaciones de fina inteligencia, las respuestas cáusticas e irónicas, los decires pulcros y elegantes, el hondo sentido de visión al captar con veloz mirada el panorama y definirlo en una frase, la genial interpretación del momento histórico, la expresión disolvente y destructora y el arte como guión supremo de la vida.” Tal como una vez, y valga el ejemplo y la ocasión, que se encontraba el Maestro en su hacienda de Paletará en compañía de unos contertulios y sus respectivas contertulias, dispuestos a comenzar una jornada de cacería, francachela y regodeo, totalmente despreocupados del mundo. De pronto, un mensajero del Concejo Municipal de Popayán, al cual pertenecía Valencia, se apareció en la puerta con un requerimiento para que el Maestro se hiciera presente de inmediato en la corporación, ya que su presencia era imprescindible para la discusión y resolución de problemas urgentes. El Maestro leyó la comunicación y, sin regodeos, comunicó al estupefacto comisionado:

- Dígales que si no puedo, voy. Pero que si puedo, ¡no voy!

Pero la situación que la agencia Vieja Clío considera una de las más adecuadas para calibrar la tremenda agilidad mental y la valía de nuestro héroe fue la que rememora Manuel Serrano Blanco en su apreciada y prácticamente desconocida biografía del Maestro. Como Valencia había sido escogido por el gobierno para representar a Colombia en las conversaciones que iban a tener lugar en Brasil a causa de la guerra con el Perú, alguien de los presentes le expresó:

- “Maestro, Ud. es un gran orador, un insigne poeta, un escritor sin segundo, un erudito perfecto y un académico consumado, pero Ud., Maestro, no es un internacionalista de escuela. Prevéngase mucho, porque va a tener que habérselas con toda la diplomacia peruana, con internacionalistas tan tortuosos y experimentados como Belaúnde, como Maúrtua, como Ulloa.”

A lo que el Maestro, imprimiendo a su voz inusitados timbres de enojo y vehemencia, replicó:

- “¡Pierda Ud. cuidado, amigo censor! Puede que yo no sea internacionalista como el peruano, pero a mí me acaece lo de la ñapanga (mujer por lo regular indígena que acompaña desde el siglo XVI las procesiones de Semana Santa en Popayán): la ñapanga no sabe biología, la ñapanga no sabe histología, la ñapanga no sabe anatomía, pero la ñapanga –amigo mío, y que nunca se le olvide- sabe una cosa: la ñapanga sabe por dónde no se debe dejar hacer el amor.”

Autor: Gonzalo Buenahora Durán
Historiador, Universidad Nacional de Colombia

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