sábado, 31 de diciembre de 2011

“Verde que te quiero verde…”

Gloria Cepeda Vargas

Es una figura menuda que a veces encuentro por ahí. Siempre vestida de verde va y viene como si la poseyera un duende caminante. Indiferente a lo que la rodea, atraviesa la calle sin mirar a los lados. Sabe cuántas arrugas revientan las aceras y conoce a los padres y abuelos de todos los árboles de la avenida. Distingue claramente los mangos de los pilones “porque el árbol de mango es más brillante y redondo –dice entre dientes- en cambio el pilón se abre en brazos agudos como huesos”. A fuerza de mirarla, nadie le presta atención. Dicen que desde que murió su compañero, las piernas se le declararon en rebeldía.

La llaman loca, irresponsable, abandonada. Tan temprano empieza a recorrer el mundo, que hasta las indisciplinadas guacamayas acostumbran a darle los buenos días. Ni los sueños y despertares de intemperie aprendieron como ella a manejar las horas. A pesar de que siempre va y viene sola, debe tener con quien hablar. Quizá reta tranquila los automóviles desbocados y las trampas malandreras porque una sombra invisible la protege. Siempre va de verde y quizá por eso camina segura como un árbol más de los muchos que recogen el desagüe del cielo. Ignoro si aun recuerda cómo nos enchufamos cada día. Tal vez este dar y tomar aprendido desde siempre, le dijeron adiós una mañana que no quiso mirarlos más.

Nunca me había topado con un acelerador tan bien sincronizado. Cuando debió quedarse en esta orilla mientras su compañero daba el salto, se metió en el bolsillo el aire y la luz del momento. Por eso su cuadratura es redonda y no la tocan los graznidos que nos mantienen con los ojos abiertos a la hora de morir.

La gente habla de laxitudes familiares, de supuestas lejanías de los hijos. Para enriquecer el run run cotidiano, se declaran preocupados “por esa pobre señora tan sola”. Sin embargo el chismorreo y la soledad arrinconada del barrio serían cojos sin su aventura cotidiana. “Allá va la vieja de verde”, murmuran al pasar. La vieja de verde, es decir, la amiga de los gatos que se reproducen como dementes en el solar abandonado.

Ayer la vi comprando pan dulce en la esquina. A pasos rápidos se acercó a la tribu salvaje. En un abrir y cerrar de ojos desaparecieron los bizcochos entre las fauces desaforadas.

Detrás de la garita que vigila el discurrir doméstico hay un terreno lleno de ortigas y menudas serpientes vegetales. Nadie se atreve a entrar ahí. Sólo ella, la vieja de verde sabe qué barro lame las piedras con historia y en qué rincón anidan las paraulatas de metal azulado que el ambicioso ser humano arrincona sin piedad.

Alguna vez intenté ayudarle a cruzar la calzada pero me detuvo el aguacero triste de sus ojos. Ese día supe que no me necesitaba como no necesita ni paraguas para paliar la lluvia ni semáforos para cruzar la calle.

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