viernes, 16 de diciembre de 2011

“y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros” (Juan 1, 14)

Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Párroco Iglesia La Trinidad
Santander de Quilichao

La encarnación de Dios en Jesucristo, es una verdad de fe que nos distingue a los cristianos, es decir: ¡tenemos un Dios que estuvo realmente entre nosotros!, el cual, según las Sagradas Escrituras, se hizo semejante en todo a nosotros, menos en el pecado. Este “dato” no es producto de una leyenda, de una “alucinación quimérica” o pensamiento mítico de un grupo, sino que “es un acontecimiento histórico que se puede datar con toda la seriedad de la historia de la humanidad ocurrida realmente; con su unicidad, cuya contemporaneidad con todos los tiempos es diferente a la intemporalidad del mito” (Joseph Ratzinger. Jesús de Nazaret). Es un hecho “experimentado” por quienes descubrieron que la persona del Señor Jesús, es CAMINO, VERDAD Y VIDA para cada hombre y mujer que viene a este mundo, y que sólo mediante un encuentro personal con Él, se puede llegar a entender el fin para el cual cada uno ha sido creado. Estos días de preparación a la Navidad, nos han de servir para “meditar” sobre este acontecimiento clave en la historia de nuestra salvación, puesto que “no se puede estar cerca del misterio de Dios sin asombro, sin estremecimiento, sin conmoción y cambio interior. No se puede estar cerca de la luz sin ser iluminado, cerca de la vida sin ser vivificado, en la corriente del viento impetuoso sin sentirse aligerado. A no ser que se oponga resistencia. A no ser que uno se cierre” (José García paredes). Es menester que descubramos las implicaciones del nacimiento de Jesucristo para nuestra existencia, ya que “quien habla de estar con Dios tiene que proceder como procedió Jesús” (1 Juan 2, 6) y por consiguiente, tomar consciencia de que el Verbo se encarnó para hacernos "partícipes de la naturaleza divina" (2 Pedro 1, 4), o en otras palabras, que Dios se hizo hombre, para que el hombre se hiciera hijo de Dios: "Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios" (S. Ireneo). "Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios" (S. Atanasio).

Cada uno de nosotros estamos llamados, especialmente en este tiempo, a contemplar al Dios hecho carne, su nacimiento, “como si presente me hallase con todo acatamiento y reverencia” (San Ignacio de Loyola), o lo que es igual, ubicarnos ante el pesebre, como si estuviéramos en el momento de la llegada del Niño Dios a este mundo y hacerle una petición: “…demandar lo que quiero: será aquí demandar conoscimiento interno del Señor, que por mi se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” (San Ignacio de Loyola), de tal forma que el fruto de la celebración de la Navidad sea un mayor amor a la persona adorable de Jesucristo, traducido en un empeño por seguirlo como su discípulo y misionero, lo que exige a todos los cristianos:

ESTAR EN EL MUNDO, como Jesucristo, viviendo sus penas y alegrías, reconociendo que es nuestro hábitat natural, al que no podemos renunciar y del que no podemos huir, ya que “una fe que deja de lado lo histórico se convierte en realidad en gnosticismo” (Jospeh Ratzinger, Jesús de Nazaret). El afán por una vida fácil, cómoda, sin riesgos, la “aversión” al sufrimiento y la indiferencia ante los padecimientos de los demás, son indicios de un no entender al Dios hecho carne, pobre, humilde, que comparte la situación de los que sufren y nos pide que “sepamos discernir los signos de los tiempos y crezcamos en la fidelidad al Evangelio; que nos preocupemos de compartir en la caridad las angustias y tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres y así les mostremos el camino de la salvación” (Plegaria Eucarística V / c). Por ello, hemos de aprender a descubrir en el mundo las “huellas de Cristo” que están en todos y en todo, sin actuar como “profetas de calamidades” (Juan XXIII), para que así cada uno de nosotros suscite nacimiento, luz, esperanza, dejando a un lado una visión “pesimista” de la realidad. Lo anterior no excluye que, como el Maestro, estemos llamados a ENFRENTAR EL PECADO DEL MUNDO, según sus mismas palabras “No te ruego que los saques del mundo, sino que los protejas del mal” (Juan 17, 14-19), esto nos exigirá comenzar por nuestra propia conversión, si queremos un cambio al interior de la comunidad eclesial y en el mundo, además, pedir a Dios que al salvarnos, nos convierta en su instrumento, para que nuestra Iglesia supere su propio pecado, en lugar de obsesionarnos con sus deficiencias, con el fin de lograr “que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común para todos: nuestro Señor, en efecto, vencedor del pecado y de la muerte, así como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido para salvarnos a todos. Alégrese, pues, el justo, porque se acerca a la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es llamado a la vida” (San león Magno). Por otra parte, no olvidemos que EL CRISTIANO ES ESENCIALMENTE “MARIANO”, es decir, alguien llamado a “abrirse” a que María de Nazaret engendre en su vida a Jesucristo, su hijo, de la misma manera que lo engendró hace unos dos mil años. La gran tarea de la Santísima Virgen es seguir llevándonos a Jesús, para que lleguemos a parecernos a Él, ¿estamos abiertos a recibir este regalo de nuestra Madre Celestial?


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