Por Estela Hernández Leyva
Cubana
A muy pocas personas les gusta escribir para cuando ya no estén. Tratan a la desaparición física como algo horrible, en lo que no se debe ni pensar, sin darse cuenta que es parte también de la naturaleza. Lógicamente, existen temores y creencias de que al mencionar estos temas pueden alentar al “diablo”.
Yo no le tengo miedo a ese momento. Como a todo el mundo, me gustaría vivir muchos años para terminar de ver la obra de la vida que me corresponda vivir, pero sé que el momento de la desaparición tendrá que llegar, ¿cuando? Nadie lo sabe, puede ser hoy, mañana, pasado o dentro de muchos años, pero para cuando llegue ese momento quisiera despedirme como me gustó vivir, haciéndole a la gente que me quiere y me quiso, las cosas lo más fáciles posible.
Tememos fuertes tradiciones que ni yo ni nadie pudiéramos borrar. Las tradiciones, al fin, van de generación en generación y todos creemos que lo correcto es mantenerlas. Yo nunca fui muy tradicionalista y dios sabe cuanto me costó cumplir con algunas de ellas. Siempre me pregunté ¿Por qué es necesario llorar la muerte cuando la vida se hizo tan difícil? ¿Por qué ponen flores a alguien que no las puede ver, si tantos cumpleaños pasaron deseosos de recibir aunque fuera una sola de la mano de un ser querido? ¿Por qué comentaron en un funeral “cuán bueno o cuánto quisimos”? Al que ya no está no tuvimos la valentía de decirle TE QUIERO, TE NECESITO, ERES ALGUIEN ESPECIAL EN MI VIDA. No fuimos capaces de valorar la felicidad que hubiese sentido al oír esas palabras, cuando sus oídos, sus ojos, su corazón estaban preparados para oír, ver o sentir.
Un día, bello y feliz para muchas personas, nacemos, somos la alegría de la casa. Nos esperaban hace 9 meses con regalos, todos nos dan su amor y las atenciones posibles, no tenemos problemas. Solo queremos alimentarnos y no pasar frío junto con el cariño de mamá y papá. Nos dicen muchas veces en el día que somos bellos, que somos lo más importante, que nos quieren más que a nadie en la vida, que no podrían vivir sin nosotros. Los días, los años van pasando y parece que todo este amor se va apagando o que esas bellas palabras se van agotando, comienzan los gritos, las palabras feas, lo que era gracia es malacrianza, pero la vida sigue pasando y de vez en cuando nos dicen que nos quieren y que somos importantes. Después, somos adolescentes y entonces somos insoportables, desobedientes, intolerantes. Casi, casi, dejamos de ser las personas queridas y amadas. Es que de adolescentes nos olvidamos de aquellos que nos alimentaron, nos malcriaron, nos dedicaron las noches y la vida y dejamos de amar. Maltratamos a las personas que aunque ya no nos dicen que nos aman… siguieron dedicando esa vida a nosotros. Es una rueda, unos con los otros, repetimos y repetimos…
Llegado el momento de esta despedida, entonces lloramos, lloramos mucho, lloramos por las cosas feas que dijimos, por las palabras de amor no dichas, por las noches de frío sin poder acompañarnos, por la herida que hicimos, en fin, por el amor no disfrutado. Nos quedamos con un vacío en la palabra, en la mirada y entonces gritamos, gritamos para sacar de lo profundo el beso no dado, el almuerzo no compartido, las cosas materiales que nos negamos. Y nos acercamos a una caja gris y fría y sobre ella queremos gritar TE AMO, TE AMÉ, hijo, madre, padre, esposo, hermana, amiga. TE NECESITO, pero ya no nos pueden escuchar, ya no pueden mirar nuestras lágrimas, ya no pueden contestarnos YO TAMBIÉN TE AMÉ.
Yo quiero que mi partida sea distinta, quiero perdonar a todos los que no me amaron o a los que amándome aún, no encontraron la palabra y el día preciso para decírmelo, a aquellos que me criticaron por la forma que encontré de demostrar cariño, a aquellos que no valoraron mi amor desinteresado y fueron capaces de mirar mi vestidura y no mi corazón. Quiero perdonar a los que teniendo un día algo que compartir prefirieron guardarlo para tener más, al hombre que no supo amarme, a la amiga que no correspondió mi sinceridad y entrega. A mi hija que un día me hizo llorar, que muchas veces, pero muchas veces, me maltrató o al menos me sentí maltratada. Quiero perdonarlos a todos, pero también pido el perdón de todos por estas mismas razones. Sí, estas mismas cosas feas que yo pude hacer, porque al final valoramos a los demás y casi nunca nos detenemos en nosotros mismos.
Le pedí y le pido a dios una retirada tranquila. De todos los regalos que él me ha dado este sería el último porque a lo único que le temo en el momento de la partida es al dolor físico, al dolor mental, a ver a mi familia sufriendo por mí. Nunca me gustó que sufrieran por mí.
Muchas veces promoví esta conversación y fue motivo de risas, porque como dije antes, nadie piensa en esto como algo serio sin sentir escalofríos. Le dije a mis seres cercanos cómo quería que fuera este momento. Algunos me dijeron masoquista, otros se rieron y alguien me dijo, “se hará como tú quieres”. Ojalá que el llanto y el dolor no haga olvidar esta promesa y el tiempo se pierda en cumplir con las tradiciones que tan poco me gustan. Las miles de coronas de flores horribles, sin ningún brillo y que como siempre solo resultan ganancias económicas para algunos, que nada tienen que ver conmigo, los llantos exagerados, las histerias. A nadie se le ocurrirá quizás poner los temas musicales que tanto me gustaron: Balada para Adelina, Tiempo de Vals de Chayanne, la Sinfonía No. 4, opus 40 de Beethoven, cualquiera de Buena Fe, Restos de humedad de Pablo, una de Silvio, la flor roja y alegre que deseé en un cumpleaños, la sonrisa de un amigo, la misma que me gustaba cuando me veían llegar y que era muestra de lo agradable que resultaba mi presencia. No quiero ver a mis amigos sufrir, nunca, aun cuando ya yo no esté. ¿Para qué van a estar allí personas que no son amigos, para las cuales no signifiqué nada y que quizás dejaron en su casa alguien vivo necesitando sus cuidados? ¿Para qué van a decir “tengo que cumplir”? ¿Cumplir con qué?
Sé que no podré evitar el sufrimiento de mis seres queridos, pero pido también a dios que esté con ellos, que los ayude a entender que nada vivo es eterno. Mueren las plantas, los animales, surgen otros, como surgimos nosotros. Quiero ese silencio de respeto pero sin tanto dolor. A los que tanto me amaron les pido que en ese momento solo piensen en cuanto los amé y recuerden mis picardías, los detalles que para ellos tuve y, discretamente, me regalen una sonrisa. A los que no me quisieron lo suficiente, que se queden en su casa dando amor.
He visto partir mucha familia, muchos amigos y les aseguro que cuando más he sufrido es cuando he recordado lo que no hice, el amor que no di, el pan que no compartí, la comprensión y tolerancia que no tuve, la palabra fea dicha y la palabra bella no dicha, los errores no perdonados, por eso traté de ser mejor.
Me aterroriza la oscuridad, le temo al encierro, el animal más odiado, el gusano. Sé que a todo esto nos tenemos que exponer, pero aun así le temo y si al pasar los años, después de mi partida, todo mi cuerpo físico será cenizas. El tiempo cruel se encargará de esto y después por las mismas tradiciones sufrirá de nuevo mi familia para guardar esas cenizas. ¿Por qué no evitamos esto? ¿Por qué no somos cenizas desde el principio de la partida y nos expandimos por los lugares que tantos nos gustaron, por donde mismo andará nuestra alma, nuestro espíritu? ¿Por qué van a obligar a ese espíritu desde la altura donde esté a ver a mi cuerpo en el lugar donde nunca quiso estar? ¿Por qué hasta después de nuestra partida seguirán llorando, gritando, poniendo flores en una lápida fría pero sin cumplir mis deseos?
Le pido a mi familia y amigos que mi cuerpo sea incinerado, que los que pretendieron permanecer una noche en una funeraria, acompañen mis cenizas al lugar donde más agradable les resulte, en el barrio que me vio crecer, en los árboles del Parque Lenin o los del Parque Almendares que tanto disfruté, junto a mis tesoros, mis nietos.
A los que no me supieron amar, los perdono, a los que no amé les pido perdón. Pero a los que tanto me amaron y tanto amé le pido a dios que les haga mas fácil la vida. Yo siempre estaré junto a ustedes para protegerlos y ayudarlos.
Sé que en estos momentos alguien llorará, otros sonreirán al recordarme. Recuerdo cuando pedía un cigarro a los amigos, les decía… bueno, ellos recuerdan que yo les decía, entonces, sonrían, no tengan pena, sonrían que los estoy mirando y los quiero ver sonreír.
Sean felices,
Estela.