Por: Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Pàrroco Iglesia de la Santísima Trinidad
Santander de Quilichao, Cauca
“Dios te ha elegido por el amor que te tiene” Deuteronomio 7,7.
Todo hombre o mujer que viene al mundo, tiene la estrella del amor de Dios. Por eso, en los albores del año 2012, propongámonos “experimentar” en nuestra vida cotidiana las múltiples formas como Dios nos ama, más aún, “nos mima”, sin que a veces tengamos consciencia de ello, ya que en ocasiones nos enfocamos sólo en nuestros sufrimientos, preocupaciones o “aparentes” fracasos, como le sucedió a “aquél hombre que tuvo la gracia de poder mirar hacia el pasado de su vida como quien la ve en una película. Todo el camino de su vida apareció como huellas en la arena. El miraba las huellas de su vida pero notaba que eran siempre las huellas de dos personas, no solamente las suyas. ¿De quién eran las otras huellas? Eran las huellas de Dios que caminaba a su lado, que lo acompañaba. Siguió mirando y descubrió que en un trayecto, un par de huellas desapareció. Ya entiendo se dijo, esos son los momentos de la vida en que Dios me abandonó, esos momentos tan duros y tan críticos por los que tuve que pasar. Esos que debí enfrentar completamente solo. Estás equivocado -le dijo Dios- Esas huellas no son las tuyas, son las mías. En los momentos más duros de tu vida, te tomé en mis brazos”. Nuestra poca fe, es la causa de nuestra poca consciencia del amor de Dios. No lo acusemos a Él de permanecer en silencio y en lejanía ante nuestros males y sufrimientos, puesto que todo cuanto nos tiene que decir nos lo ha dicho ya en su Palabra Encarnada, al igual que todo el amor que ha podido manifestarnos nos lo ha concedido ya en su Amor hecho carne, que es Jesucristo, Dios y hombre verdadero, máxima manifestación del amor del Creador por nosotros.
Si miramos nuestra vida con los ojos de la fe, descubrimos que para el creyente, para el que se juega su vida por la Palabra de Dios, “incluso una pequeña señal, un anticipo que a los ojos de los demás puede parecer muy poca cosa, es una alegría inmensa, ya que ese poco es la garantía del amor de Dios que lo promete todo” (Carlo M. Martini). En los acontecimientos de nuestra vida, sin lugar a dudas, el Señor se manifiesta y podemos descubrir que “es eterno su amor, su fidelidad es firme”. Él nos dice en su Palabra: “Acaso olvida una mujer a su niño de pecho sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaría” (Isaías 49, 15). “Las montañas y los cerros podrán moverse de lugar, pero mi amor no se apartará jamás de tu lado”. No obstante, tengamos en cuenta que Dios no es una meta que alcanzamos por nuestro sólo esfuerzo. Es Él quien nos atrae de la misma manera que el sol atrae a la planta en crecimiento, por ello tengamos siempre presente que lo que a Dios más le interesa, lo que nos pide con más insistencia, es nuestro corazón, algo más importante que el evitar faltas y pecados. El nos llama. Lo facilita todo para alcanzarnos, para cogernos, para unirse a cada uno con un indisoluble vínculo de amor. Nos pide que no huyamos de Él, pues es quien sostiene nuestros pasos vacilantes, estimulando nuestras fuerzas y voluntad para que nos dejemos “mimar” por Él. Tengamos en cuenta que nadie puede llevarnos a una mayor y más generosa entrega a Dios, si nosotros mismos no estamos dispuestos a ello, por eso cuando hablamos del amor de Dios por su criatura, el primer descubrimiento de esta realidad es el amor del Señor por nosotros. La segunda realidad es la respuesta que damos al Dios vivo y verdadero que nos ama, por lo que “ser feliz es vivir en el amor. La felicidad se encuentra únicamente en el amor. Feliz espiritualmente es aquél que se siente saciado del amor de Dios” (Pedro Finkler).
Dios no nos ama porque somos buenos, sino que somos buenos en la medida en que nos dejamos amar por el amor de Dios. Si bien es cierto que nuestra vida de pecado nos impide “dejarnos mimar” o amar por nuestro Creador, al descubrir de manera consciente su amor personal e incondicional, descubrimos algo maravilloso: “si un hombre que ha vivido en pecado está destinado a ser santo, el amor de Dios lo trabaja durante toda su vida, incluso durante el tiempo en que está en pecado mortal, y sufre las purificaciones pasivas desde ese momento. El Espíritu Santo no obra solamente en los que habita, sino también en los que atrae” (M.D. Molinié), así nos damos cuenta que, a pesar de nuestras resistencias, el Señor nos dice a cada uno: “Te he llamado por tu nombre, eres mío, eres valioso a mis ojos, eres estimado, y Yo te amo. Por eso, no temas, Yo estoy contigo” (Isaías 43, 1-5), por lo que podemos expresar con gozo: ¡Dios me ama personalmente, incondicionalmente, no importa lo que sea ahora, o lo que haya sido o hecho antes ¡... Él quiere lo mejor para mí. Todo en mi vida está en el plan de amor, que Él tiene para mí. Dios mío, Tú eres mi Padre, Tú me amas, Tú me quieres salvar. Meditemos sobre estas preguntas: ¿Quién es Dios para mí? Dios me ha hecho inmensamente rico, por ejemplo, al darme un cuerpo sano. ¿Cambiaría mis brazos o piernas por un diamante? Enumero cinco riquezas que Dios me ha concedido. ¿Cómo he experimentado el amor de Dios en mi vida? Dios me acepta como soy. Quiere decir que Dios acepta que haga mal? O ¿qué quiere decir? ¿El mundo que me rodea habla del amor de Dios por mí?



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