EL AIRE, DULCE ELEMENTO
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Quisiera tener un laúd de hielo derretido con hilillos de lluvia por cuerdas y saber tocar por nota cada una de las que suenan en el Aire. Quisiera dejar expuesta mi piel, como Ícaro en lo alto de un cerro, para que el aire la besara al alba, a pleno sol o cuando caen de las ramas las flores cansadas de adornar.
Sentir en la cara el roce del Aire es la mayor caricia que el Universo destinó para el descanso de los cuerpos caldeados por el fuego, la pena y los trabajos. Algo apenas comparable con el beso de la amada en medio del dolor o una despedida. ¿Qué sería de los seres vivos sin este elemento que como maná no sabe a nada pero contiene la base para todo rastro de vida?
El Aire es dedo sutil que toca con su velo la orilla del lago, la llaga del perro, la lengua de equino en su carrera ciega. El agua termina, entonces, su recorrido, el can se recuesta confortado y el caballo toma aliento para conquistar la meta en su último tramo.
El hálito con que transpira el Aire no sale de ninguna garganta ni nace del pulmón de las nubes o de unos ogros buenos con botas. No necesita una boca para aliviar ni de un aroma para refrescar el ambiente. El aire es hijo de la mar, del sol, de las copas de los árboles, de las grietas de la tierra, de la fase de la luna y es hermano de los vientos. El Aquilón con su ala lo acompaña a Barlovento o Sotavento, baja a los abismos y sube al firmamento. Céfiro es su espejo y el más cercano consejero.
Y también se acompaña del rocío por la mañana, de la sombra de las nubes e medio día y del aleteo de los árboles desde que comienza el día. El Aire le sirve al pájaro para elevar su vuelo, infla las branquias del pez y de las ranas, presta su escoba para barrer los sótanos y las cuevas y llena los alvéolos de los pulmones de los animales para que puedan alimentar las arterias y las venas.
Sin el Aire no podrían llegar a la vida los infantes cuando salen del útero de la madre. Cualquier paisaje verde o agua pura o colibrí desaparecerían sin el abrazo de su vaho. Sin embargo, el Aire que vaga en el fuego entre los incendios, huye del humo y los gases tóxicos y desaparecería por completo por la tala de árboles, de ríos que corren y si le falta el humus a la superficie de la tierra.
Sin el Aire no sonaría el bosque con grillos, micos, silbidos de serpientes o con el graznar de garzas y cuervos o con el aplauso de las hojas cuando las bate el viento. No sonarían en la orquesta sinfónica la tuba ni el trombón ni la corneta ni se oiría la finura de la cuerda del violín o la voz que sale impostada de entre la nariz y boca de un barítono. La existencia de los seres vivos se ahogaría en el momento en que el ser humano se atreviera a matar las fuentes que producen este frágil elemento.
Sí. El Aire es un ángel incoloro y mudo que vigila y cuida cada vida humana, los granos de los trigales, el agua de los lagos y humedales, las ceibas, acacias, baobabs, terebintos y begonias y le presta auxilio, por igual, a los vivos y enfermos, asesinos, sabios y moluscos y aves pasajeras. ¿Usted, ciudadano simple o empresario, cuida la pureza del Aire, si por él vive?
30-01-12 - 9:15 a.m.

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