lunes, 2 de enero de 2012


EL EREMITA ABRAZA AL DÍA QUE NACE

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

La Noche aún no terminaba su ronda. Mil luceros cantaban mientras ponía carmín en sus labios. Vestía de camisón negro y un cordón amarillo de estrellas. Sus pies estaban desnudos y sus pasos se hundían en la sombra.

El eremita abrió su ventana y esperó hasta el Alba. La noche volvió la espalda y colgó su vestido detrás del rocío. Eran las cinco de la mañana del primer día del año. Cerró las cortinas y recostó su cuerpo sobre el tapiz de la madrugada.

Se oían el graznido del cuervo que buscaba nuevos olores, el viento que llegaba de Oriente y un balido de su cabra. Puso los codos sobre el borde y oyó el canto del viento por sobre la arena. Era tierno, sostenido, como si estuviera meciendo a la arena en su hamaca. Apreció esos sonidos más que la lluvia, más que los rugidos de cien leones, más que un concierto de la gran orquesta de Berlín.

Alzó su frente y miró cómo Febo asomaba sus rizos por sobre las dunas y las palmeras dactylus. Era similar a un cuadro de Gaugin sin fronteras ni figuras. Solo con lino y color y una mañana que bailaba en el recodo de la aurora. Cada año es más simple, solo trazos, luz, horizonte, espacio libre y un tinte de música lejana. No se molestó en moverse. ¿Para qué? Todo el desierto le llenaba su delgada gana.

Pasó una hora, el Sol lo abrazó, las sombras de la luz sobre la arena cambiaron de lugar, las caravanas a lo lejos abandonaban sus pisadas calientes y las gargantas entonaban peculiares sonidos de esperanza por el oasis cercano. El ermitaño no se inmutó.

Desde su interior pensó: - Hoy es otro año y yo también empiezo a ser otro. Como la boa quité ayer mi vieja piel y hoy mi saya luce limpia. Huelo a dátil, a leche de cabra, a queso dulce, a violeta virgen, a mañana soleada. Sintió sobre su cara la visita del astro que domina los días y buscó distraído su fez rojo de lana con borla negra que mitigara el rayo directo sobre su cabello algo ralo.

Retrocedió unos pasos y se sentó junto a la hornilla de tierra. Estaba radiante. Su alma quería salir de su bolsa de carne y latir como un perro o silbar como la cobra en celo. Quería bailar como Nureyev en el Bolshoi. El mundo externo lleno de luces y oropeles vino por un instante a la mente. Mas la serenidad de su covacha y la penumbra le devolvieron la lucidez en la mirada.

¿Qué le ofrecía el más allá? Nada. ¿Qué le ofrecía el silencio, el ulular del lobo, la mansedumbre del oasis, la frescura de su jardín, el balido de su cabra? La tranquilidad, la ocasión de meditar, de mirar su poquedad y su instantaneidad. ¿Qué más podía desear? Era lo único que necesitaba.

Entonó, entonces, un himno de alegría allí sentado sobre sus rodillas. Agradeció la claridad del día, la tibieza de su lecho, los olores de las hierbas, la línea dorada del desierto, el silencio de la arena, la compañía de las flores, las nubes que giraban y las bandadas de aves emigrantes. Solo eso le bastaba para ser feliz. Lo tenía todo y nadie asechaba sus riquezas. No tenía vino ni copa. Pero brindó con su cara alzada por el medio día que se acercaba, por los días de vida que le esperaban allá afuera en la inmensidad y aquí adentro de su pequeña cueva que le había deparado la diosa generosa de la Felicidad.

01-01-12 - 10:07 a.m.

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