Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
¡Oh amigos, cesad esos ásperos cantos!
Entonemos otros más agradables y
llenos de alegría.
¡Alegría, alegría!
Comienzo de la letra de la Oda a la Alegría.
L. van Beethoven
¿Adán se asombraría, lo mismo que cualquier niño, ante la casi desnudez de Eva, cuando la vio por primera vez? ¿Cuál sería la felicidad de Euclides al ver fracturada en el agua del recipiente la varilla que introdujo? ¿Qué sentiría el primer poeta que vio a la nube de distinta forma y la llamó así en su poema? ¿Qué ardor experimentará el pintor cuando en el lienzo blanco aparece luego su obra? ¿Cómo saltaría de gozo Beethoven cuando el Himno de la Alegría de la Novena Sinfonía sonó por primera vez en sus tímpanos sordos que lo hizo gritar: “Lo tengo, ya lo tengo”?
El asombro, esa capacidad vital escondida a flor de piel en los sentidos, es el mayor don que posee el ser humano. Con los ojos, con el oído, con sus papilas, con el roce de su piel, con las paredes de su nariz, con el palpitar de su pecho percibimos de inmediato y casi a diario sensaciones rutilantes. Un simple soplo, un débil toque, un sonido que camina quedo en puntillas, una minúscula prueba de un líquido en la punta de la cuchara, un instante mientras cruza en el auto una fémina bastan para que por una mirada todo el mundo cambie o se derrumbe una teoría.
Asombrar es tanto como darle gracias al sol que no dejó en la sombra algo que nunca habíamos admirado, es poder tocar de noche a la mujer amada debajo de la sábana y sentir la llama del placer, es saborear como la primera vez el dátil del desierto o una habichuela con poca sal cocida al vapor, es oír la voz del viento cuando viene por la tarde, es oler a la distancia la presencia de las cosas y sentirse unido a ellas.
Cuando uno se asombra algo ocurre allá dentro de nosotros. Algo inesperado se rebulle y se desbarata el aparato que antes funcionaba distinto. Es igual, a veces, a un susto como cuando uno se imagina ver un espanto o a una sorpresa que puede causar un infarto o una explosión de risa o llanto. Uno queda atónito y no sabe si seguir o retroceder o preguntar a alguien si se está cuerdo o se ha vuelto loco. Nada es lo mismo que antes. Lo que está al frente cambió la perspectiva como cuando se pone un punto en el Vacío.
Asombrarse no es propiedad privada de niños o jóvenes o sabios. El asombro lo experimentaron los indígenas cuando les mostraron el espejo los españoles. Y cuando estos vieron el oro en sus orejas, su pecho, sus brazos y sus narices. El asombro lo vivió García Márquez en Aracataca de niño en su entorno y su familia. Lo hizo patente Miguel Ángel cuando dio el último cincelazo en la rodilla a su Moisés y le ordenó al mármol: “Háblame, ahora”.
El asombro es una expresión de la vigencia de la creatividad en una persona. Cuando cesa la vitalidad de las neuronas y el hombre no se inmuta ante el vuelo de un petirrojo o del aria Una furtiva lágrima del Elíxir del amor de Donizetti o la grandiosidad del cuadro de Guernica, su vida ha perdido el poder de apreciar la felicidad y el milagro de la invención en la ciencia, el arte y la poesía.
07-01-12
11:10 a.m.


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