sábado, 21 de enero de 2012

El pecado: rechazo del amor de Dios.

“Todos pecaron y se hallan privados de la gloria de Dios” Rm 3,23

Por: Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Pàrroco Iglesia La Trinidad - Santander de Quilichao


Además de “experimentar” el amor de Dios en la creación, en los pequeños detalles de la existencia diaria, también podemos experimentar su amor en la salvación que nos trae. Tenemos una certeza: Dios es siempre fiel y “nunca se es tan libre como cuando se responde con amor a la oferta de amor en Cristo” (Saturnino Gamarra). Pero no podemos apreciar el amor de Dios y la salvación que Jesús nos trae, debido al pecado, que nos separa y aleja de Él, única fuente capaz de darnos vida en abundancia. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1849 define el pecado como “una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna”. En nuestros días, la no conciencia de pecado, el “cambio” en la escala de valores humanos y cristianos, hace que se empeore la situación, como la causada por unos ladrones que se metieron de noche en un almacén, armados de linternas, y empezaron su tarea, según comenta Monseñor Luis Augusto Castro: cualquiera diría que buscaron el dinero, o los artículos más valiosos para cargar con ellos. Y no fue así. Estos ladrones eran muy especiales. No se llevaron nada. Lo único que hicieron fue mover todas las tarjeticas que indicaban los precios. Así pues, al día siguiente cuando los clientes llegaron a comprar se encontraron con unas sorpresas increíbles. Las bicicletas estaban a cien pesos la libra. El pan costaba un millón de pesos cada uno. Los jabones se entregaban solamente después de haberlos visto funcionar y se daban facilidades para pagarlos a plazos durante seis meses cada jabón. Los equipos de sonido estaban a sesenta pesos y había que meterlos en una bolsa de plástico y hacerlos pesar. Todo estaba al revés, y esto es lo que acontece en muchos ambientes pues, lo que no vale nada, empieza a tener un gran precio. Lo que vale poco, tiene un precio bien alto, es muy valorado. Los valores se colocan “patas arriba”, se produce un revolcón, todo cambia, por ejemplo, para muchos valen más las cosas, que un ser humano, el tener o aparentar, que el ser.


Más aún, lo que no es pecado, se ve como si lo fuera. Algunos dicen: “pecado es lo que no se hace” y entonces deciden vivir de espaldas a Dios y a su voluntad. Esto lo advirtió Jesús: “De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” (Mt 16, 26). Y es que, cuando decidimos vivir sin Dios, cuando elegimos el camino equivocado, estamos diciendo “no” a la salvación que Jesucristo nos trae, porque en esencia, “cristiano es quien se convierte de los ídolos a Cristo Jesús revelador del Padre y vive su existencia de manera nueva, con aquel nuevo modo de mirar la realidad típica de quien se reconoce pecador, pero salvado, hijo de Dios, amado y perdonado” (Carlo María Martini). Es por lo que nuestro proceso de transformación personal implica reconocer la existencia del pecado, ya que la misma Palabra de Dios afirma: “Me dejaron a Mí, manantial de agua viva, para hacerse cisternas agrietadas que el agua no retienen” Jeremías 2, 3. “Todos han pecado y por eso están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3, 23). Y lo que es peor, “El salario del pecado es la muerte”.

El libro del Génesis indica que “las inclinaciones del corazón humano son malas desde su niñez” Génesis 8, 2. El ser humano, al rechazar el árbol de la vida, no quiso la guía de Dios y escogió caminar con sus propias fuerzas. Se siente autónomo, rechaza toda dependencia de su Creador. El hombre, desde el comienzo rechazó el amor de Dios y la comunión con él. Por esto y sin lugar a dudas, “para un cristiano la experiencia de Dios incluye la conciencia de pecador y la conciencia de pecador le lleva a la experiencia de Dios amor” (Saturnino Gamarra). Reconocer que en definitiva, “es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre” (cf Marcos 7, 21-23).

No podemos tapar el sol con las manos, las consecuencias del pecado están a la vista: Hay en el mundo: miedo, odio, violencia y muerte. Hay una profunda división en el hombre. En el cuerpo: dolencias y enfermedades. En la mente y en el comportamiento hay desajustes y desequilibrios. Hay desorden y falta de armonía consigo mismo, con los demás y con toda la creación. Se generan adicciones y ataduras, angustia, temores, vergüenza, agitación, ira, tensiones, tristeza, depresiones, vida sin sentido. En las relaciones con los demás: relaciones conyugales y familiares desajustadas y disfuncionales, incapacidad de amar sanamente y constructivamente, deshumanización y despersonalización del sexo, agresividad de palabra y en los hechos, relaciones engañosas, interesadas y posesivas, codependencias, desconfianza y soledad. En la vida social: corrupción, opresión, explotación del más débil, injusticia, violencia, esclavitudes y colonialismos, imperialismos, afán de poder y de dominio, conflictos raciales y guerras, segregacionismo y marginalidad, manipulación de la información y de la comunicación, miseria y hambre. La tierra, dañada seriamente por el sobre abuso y destrucción de todos los recursos naturales. Meditemos los siguientes pasajes de la Sagrada Escritura: Génesis 3, 17. Jeremías 2, 4-7 y 11-13. Gálatas 5, 16-26. Romanos 3,9-20. Romanos 7,19 y 7, 14-25. Juan 8,34. Leer Juan 8, 30-37.

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