domingo, 29 de enero de 2012

Entre lo jurídico y lo ético

CARLOS E. CAÑAR SARRIA

Hace algunos años, cuando hacíamos parte del Consejo de una facultad de derecho, escuchamos la queja de uno de nuestros colegas consejeros, en el sentido de no estar de acuerdo con el énfasis filosófico en la orientación de la Ética como asignatura del programa académico. De inmediato le protestamos bajo el argumento que no es posible orientar la ética si no está fundamentada filosóficamente y que en esa fundamentación tenían cupo los clásicos de la Filosofía y otro resto de connotados filósofos. Enfatizamos también, que si bien es cierto que la orientación de la ética en las universidades puede relacionarse con las profesiones u oficios dando lugar, por ejemplo, a la ética del abogado, a la ética médica, etc., sus fundamentos básicos están inmersos en la Filosofía y ello, indiscutiblemente da carácter transversal a la asignatura, terminado la ética siendo una sola. Se trata, nada menos, que del comportamiento moral del ser humano en su dimensión personal y social. La formación en valores éticos debe iniciarse en los hogares y continuarse en la escuela y en las universidades, escenarios donde muchas veces la enseñanza de la ética se la considera una “costura”. Y esto explica por qué estamos como estamos.

Nos encontramos en una situación de desmoronamiento moral, es un clima de escepticismo, de nihilismo. Ya no hay en quien confiar. Quienes deben dar ejemplo en la sociedad, se encuentran enfrascados en múltiples escándalos. Dentro de las funciones de la sociedad encontramos la creación de un orden exterior de convivencia humana. El ser humano está regentado por la dualidad indisoluble de individualidad y sociabilidad, lo cual cobra importancia en la medida en que la vida en común se desarrolla en condiciones de justicia, de paz y de moralidad.

Al respecto, Mario Madrid-Malo Garizábal sostiene que en “la integridad de ese orden también contribuye la ética, entendida en su doble dimensión: como saber de los deberes morales y como calidad de las realidades humanas” y no sólo es preservada por el derecho, cuyas normas mandan, prohíben y permiten. De ahí la importancia de no confundir lo jurídico y lo ético. En las facultades de derecho se enseña-o se debe enseñar- que el derecho y la moral no siempre concuerdan. Ojalá concordasen, pero no es así. Estamos de acuerdo con quienes afirman que el mundo andaría mejor si no se confundiese lo jurídico y lo ético. Históricamente, no podemos olvidar que las atrocidades de los nazis se justificaron en una falsa legalidad.

Sin ética no es posible la convivencia civilizada. Una sociedad exenta de valores morales, carece de todo sentido porque niega la esencia del ser humano, cuya existencia debe estar dotada de una serie de elementos materiales y espirituales que le garanticen la justicia, la paz, la igualdad y la libertad.

El relativismo ético se viene convirtiendo en una afrenta contra la justicia y la moralidad; precisamente, porque el comportamiento moral, que debiera ser basado en principios y convicciones, termina convertido en asunto de circunstancias y conveniencias. Las leyes deben ser buenas por ser justas y justas por ser buenas.

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