jueves, 26 de enero de 2012

HORACIO DORADO G


Incultura de la Cultura

“Al pueblo hay que darle lo que le gusta”. Esta frase se la oí a un funcionario del gobierno municipal. ¡Se equivoca!, le dije, tratándose de espectáculos públicos llamados “Fiestas o carnavales”, para el caso da igual. En programas musicales, espacios recreativos, culturales y deportivos, aún los responsables no entienden que en sus manos está la posibilidad de moldear preferencias, educar el gusto y fomentar conciencia crítica en la sociedad. La mayoría de eventos llamados a convocar grandes masas de público en calles, avenidas y en la inconclusa plazoleta, proponen sueños baratos donde la mente no necesita movilizar una sola neurona. Siguen siendo las mismas “diversiones” de la “Culta Popayán”, con surtidos e improvisados distractores anuales, adulados por la pauta publicitaria como las “mejores del suroccidente colombiano”.

¡Lástima el desusado payanés famoso por su análisis constante del entorno! Se erigía en crítico hasta de los más complejos problemas económicos, sociales y políticos, para demostrar que la mirada criolla no solo era satírica sino culta, con capacidad de argumentación para defender posturas con elementos claves, muchas veces profundos. Caímos en universalización negativa de estéticas y valores prefabricados y soportados por enclenques ideas, que no van más allá de la palabra “diversión”, en el sentido más simplista. No hay público exigente. Ahora le embaucan la conciencia con intereses vanos y alienantes, al ruido del taca, taca, brinca, brinca. Tres o cuatro mil adictos a la juerga y al desmadre, no son la ciudad.

Los responsables de la programación cualquiera que ella sea, deben garantizar ofertas que diviertan y hagan pensar, lo cual no siempre sucede aquí, por eso la mayoría huye de la ciudad. Cuando la cultura y algunas manifestaciones que están en ella cambian como los modismos del idioma, los códigos urbanos, los moldes a seguir, los símbolos y los valores, no hay espacio ni tiempo para que nos sintamos identificados. Una sociedad con deficiente educación, sin propuestas artísticas, culturales, está condenada a vivir en la mediocridad. ¿Acaso debemos organizar marchas para que haya Secretarías de Cultura y Desarrollo Social? Pareciera que el Estado le apuesta a seguir manteniendo ignorantes y callados ciudadanos formados en la vulgaridad ¿No es más caro eso?

Ante la incultura en Popayán, la clave está en que el gobierno local asuma la responsabilidad de innovar al menos, algunos comportamientos, intentando con éxito influir de manera puntual sobre la cultura y la conciencia de la gente sobre la ley y sus mecanismos de aplicación. Cambiar de actitud buscando dos propósitos: cumplir y hacer cumplir la ley, y lograr los fines colectivos. Construir ciudadanía, reducir el gasto de agua, no contribuir a la congestión vial, sino mejorar la movilidad en la ciudad, erradicar la pólvora para evitar niños quemados y exterminar la violencia, a guisa de ejemplos.

Todos necesitamos de reglas morales y culturales. Las morales “desde adentro”, o sea, las actitudinales que producen complejo de culpa cuando las violamos y satisfacción moral cuando las respetamos. El problema de Popayán es que intelectuales e ignorantes no tienen cultura. ¡Vaya palabreja usada con varios significados! Ser culto, expresión entendida como ser “bien educado”, significa con mayor frecuencia “tener buenas maneras”. También puede significar, tener conocimientos en variedad de temas, “cultura general amplia”. Intelectual no es lo mismo que ser culto, pues existen personas brillantes con ideas geniales, pero carentes de cultura. Si fuéramos civilizados e intelectuales, nos preocuparíamos por nuestro propio bienestar social, económico, político; pero además, por la ciudad y por los seres humanos que la habitan.

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