Phanor Terán, desde Tunía, patrimonio cultural de Piendamó.
Parece en cierta forma incuestionable que todos los afanes por mejorar la situación cultural de los artistas, de las organizaciones culturales y de la cultura de las comunidades y sociedades, tengan que toparse con la “necesidad” de que exista una burocracia que administre los recursos públicos destinados a incentivar, promover o preservar las apetencias sociales sobre el particular.
Se clama por doquier que exista algo: una Secretaría de Cultura en el departamento, y Secretarías culturales en los municipios, que repliquen en la región y en las localidades la existencia, a nivel nacional, de un Ministerio de Cultura que muchos consideran como un gran avance y logro.
Lo que ha habido hasta ahora ha sido poco menos que lamentable. O para decirlo en términos corteses, las iniciativas que se han tenido sobre el particular no han dado los frutos esperados, no han estado a la altura de las circunstancias, no han logrado consolidarse para que no aparezcan y desaparezcan cada cuatro años, según el hígado del gobernante de turno.
En el departamento del Cauca como ya lo ha descrito Marco Antonio Valencia en algunos artículos que sobre el particular han antecedido a este, la atención pública de la Cultura, ha sido un caspete en la Secretaría de Educación, un puesto ambulante en el despacho de la gobernación, en algunos casos, una dependencia de lo que llaman Turismo, y en los Municipios, un buen día amanece asignada a un funcionario de Planeación, y anochece en manos del Tesorero, del encargado de medio ambiente, cuando no, una de las tantas actividades que hace el coordinador de deportes, o el de Bienestar Familiar o el de la Secretaría de Gobierno, o de alguna ONG, afecta al mandatario de turno, o como he visto últimamente encargada al testaferro de otro municipio para de esa manera manejar a su antojo y sin control la poca platica del erario con ese destino.
Pelota de trapo que rueda y rueda como si se tratase y me perdonan la expresión, de bollo en la mano.
Pero eso sí, todas, sin distingo bajo la égida del alcalde, que por ser el ordenador del gasto, va contabilizando muy seriamente a quién, cómo y para quién se usan esos recursos. Cosa que en general va destinada a pagar con miserias, el sonido, la tarima, la orquesta, los tamales, los refrigerios con los cuales se contentan y atragantan los caciques de veredas, barrios.
Me parece prudente hacer cuentas y preguntarse:
En la actualidad, específicamente para algo cultural y digno, debe quedar y haciendo cuentas alegres, un 10 o cuando más un 12%. Algunos considerarán mi cifra un poco exagerada. Me someto al escarnio público. Pero si me pongo en ese plan, cabe preguntar: ¿cuánto se va en la francachela de las llamadas ferias, donde la caravana de negocios de caseteros, alquiladores de tribunas, facilitadores de espectáculos de dudosa ortografía, prestamistas de equipos, banqueteros, publicistas camuflados, hacen su agosto cuando no diciembre?
La otra pregunta, que puede ser la del millón, sería poco más o menos esta: si se consolida una burocracia (director, o secretario, secretaria, promotores, barrenderos, servidoras de tinto) más el negocio del alcalde con los caciques y con la fronda de la caravana de negociantes, alquiladores, facilitadores, prestamistas y demás, y suponiendo que habrá ya un control, un presupuesto, unas destinaciones específicas, ¿nos alcanzará a tocar, digamos un 20%?
Porque la burocracia sola se come como el 70%, ¿o no?
Seguiré haciendo cuentas.
Hagamos cuentas.

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