miércoles, 25 de enero de 2012

La noche

Gloria Cepeda Vargas

La interminable fila de automóviles y el frío de enero hacen de las suyas a esta hora. No hay rostros a la vista, sólo un bloque metálico que rueda lentamente mientras el viento juega a las escondidas por patios y terrazas deshabitadas.

La noche posee una varita mágica. Desaparecieron los huecos de la calle y los buhoneros atravesados. El oleaje que ronca desde la madrugada, se convirtió en un mar de aceite encubridor de cornisas descascaradas, bolsas de basura destripadas por los perros “realengos”, improvisados tarantines de cartón.

Es la hora en que el aguatacamino espera en los parajes solitarios. Por eso le dicen así, aguaita al caminante para asustarlo con su canto afilado. Mitad leyenda y mitad realidad, es un pájaro agorero, una pequeña y endiablada jugarreta crepuscular que surge de repente como alumbrado ante los ojos del viajero que se atreve a recorrer a esa hora los caminos sin dueño.

Pero eso sucede únicamente por allá en Barlovento, entre los indios pemones y los olvidos del río Capaya. Acá es distinto: la Caracas cosmopolita padece duendes que portan armas como si fueran relojes de pulsera y vuelan en motocicletas desaforadas. Hace tiempo huyeron los patronos tutelares de las viejas parroquias caraqueñas para dejar desprotegido al transeúnte; sólo persisten una que otra hornacina vacía, una reja a medio vestir, un balconcito acomplejado.

Poco a poco la calle se adelgaza. El reloj de La Previsora brilla como una estrella lejana. Los olores apresurados, las pesadas emanaciones untadas de hollín y humanidad, dan paso a un aroma de claveles que desde los jardines de Galipán empieza a caminar por las calles de La Pastora.

Si no estuviera tan lejos me acercaría a la Plaza Bolívar. Quizá el fantasma endomingado de mi amiga la maracucha Albertina Montiel, ande por ahí buscándome para contarme otra vez sus historias de amantes más jóvenes que ella y de cómo contrabandea lociones y bolsos colombianos en los escurrideros de Maicao.

Tal vez la Plaza de los Museos o el jamón serrano de alguna tasca en Sabana Grande, los “dulcitos” de miel de la esquina de Sociedad o simplemente el viento amigo, contador de cuentos y dueño absoluto de la soledad, podrían acompañarme en esta hora transitiva.

Mañana será otro día para aprender a congraciarme con estos lugares donde todavía enloquece la brújula. Debo ajustarme a los maniquíes ciegos y los sonsonetes uniformados que pululan en estos centros comerciales “donde se consigue de todo”, las muchachas exhiben su “pasito tun tun” y poco a poco se permite que pintores, poetas y teatreros lleguen con sus trebejos en la espalda para enseñarnos a vivir.

Una mano invisible borra las nubes. Seguramente la cúpula dorada del Capitolio fue concebida para complementar la bóveda silente. Muchas veces se me fueron los tiempos mirando embelesada el ensamblaje de la tierra y el cielo suspendido en el aire.

Caracas suda de día y piensa de noche. Por eso el río Guaire brilla como un cinto de plata y los cerros parecen una diadema de cristal. Por algo Manuel Cabré, el pintor de manos taumatúrgicas, se quedó para siempre enredado en el entrecejo medianero del Ávila.

“No sé cómo te atreves a andar por ahí de noche ¿sabes cuántos muertos por asesinato hubo este fin de semana en la morgue? ¡Sesenta y dos!” me dicen, y es cierto. Pero yo sé por dónde me deslizo y hace mucho tiempo que no ajustaba el paso al trote de mis adorables dinosaurios.

¿Por dónde andarán Aquiles Nazoa y el español cascarrabias que manejaba el Ateneo de Caracas cuando era una casita de muñecas acorralada entre los caobos del parque y la humareda de los autobuses? ¿Y Guillermo Meneses aparecido esta tarde a bordo de una balandra que navega impávida desde 1934? ¿Y la orquesta del dominicano Billo Frómeta que descuartizaba a los jóvenes de los años cincuenta en los bailaderos del Terminal Marítimo o el vendedor de libros usados de la esquina de Capitolio? Ni siquiera Óscar Yanes, mezcla de águila y topo en el laberinto de la ciudad gentil y retrechera, podría responder.

Pero éste no es momento propicio para caminar de espaldas. La noche caraqueña suele asestar puñaladas traperas y no he de distraer esos seres que deambulan sin pies ni sombra, como metidos en un saco vacío. Debo alcanzar el último Metro del día y se está haciendo tarde.

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