Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Pàrroco Iglesia de la Santisima Trinidad
Santander de Quilichao
Una señorita decide abortar, porque “no está preparada para asumir esta responsabilidad” o simplemente porque alguien le dijo que era la mejor opción, ante la posibilidad de que su hijo venga a sufrir las consecuencias de la miseria en este mundo. Un comerciante “gana” más de la cuenta en un negocio y dice “es que soy muy hábil para los negocios”; un hombre traiciona el amor y el compromiso realizado con su esposa, y afirma: “es que la que se casó fue ella” o “no tengo la culpa de ser tan macho, o tan “pinta”… como estas, son tantas las situaciones en las que se comprueba el llamado “oscurecimiento de la conciencia moral” o “embotamiento del sentido moral” que lleva a pensar que es bueno, lo que definitivamente es malo (y nos destruye como seres humanos) o que es malo aquello que es bueno (y que, aunque disguste o cueste sacrificio, nos ayuda a crecer como personas). En el momento actual, se afirma que cada persona, de manera subjetiva, tiene derecho a “decidir” lo que es malo o bueno, o se pide en ocasiones que una sociedad se guíe “por la votación de las mayorías” en lo que concierne a asuntos delicados en el campo moral. Este es un gravísimo sobre el que debemos reflexionar, puesto que “no se puede identificar la conciencia del hombre con la autoconciencia del yo, con la certeza subjetiva sobre sí mismo y sobre el propio comportamiento moral. Esta conciencia de una parte, puede ser un mero reflejo del ambiente social y de las opiniones ahí difundidas. De otra parte puede derivarse de una carencia de autocrítica, de una incapacidad de escuchar la profundidad del propio espíritu” (Benedicto XVI), hoy más que nunca pastores, educadores, padres de familia, líderes sociales, “tenemos la tarea de reconducir la sociedad a los valores eternos, la tarea de desarrollar nuevamente en el corazón de los hombres el oído casi apagado para escuchar las sugerencias de Dios” (ibid).
En el instante en el que actuamos en contra de la “opción fundamental” que hemos realizado en nuestra existencia, cuando transgredimos la Ley Divina o los ordenamientos legítimos del mundo civil, hay “algo” en nuestro interior que nos dice: “eso no está bien” “ese no es el camino”, es algo así como un “gusanillo” que remuerde e intranquiliza, un juez que sentencia, un testigo o acusador de la conducta, un espejo del alma, guía y pedagogo, apuntador en el gran teatro del mundo, ojo de Dios, el eco de su Palabra, comparaciones imperfectas que nos dicen mucho acerca de ese “juicio interior sobre una determinada acción, antes o después de ser realizada” (R. Rincón Orduña) que se denomina comúnmente como “conciencia”.
San Juan, en su Primera Carta, nos enseña: “Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena tenemos plena confianza en Dios” (Cf 3, 11-21). Y es un llamado para que en el 2012, avancemos en el seguimiento de Jesucristo, ya que en nuestra existencia, en nuestro obrar de cada día “la novedad no son propiamente nuevas ideas; la novedad es una persona: Dios, que se hace hombre y que atrae al hombre hacia sí” (Benedicto XVI).
Un famoso escritor y conferencista, ha pedido a los sacerdotes católicos que quiten de la celebración eucarística aquella parte de la oración que dice: “por mi culpa, por mi culpa y por mi gran culpa”, aduciendo que no hay que fomentar sentimientos de culpabilidad. Por el contrario, el psicólogo Alber Görres indica en su obra “culpa y sentidos de culpa” que “el sentido de culpa, la capacidad de reconocer la culpa pertenece a la misma esencia de la misma estructura sicológica del hombre. El sentido de la culpa, que rompe una falsa serenidad de conciencia y que puede definirse como una protesta de la conciencia contra la existencia satisfecha de sí, es tan necesaria para el hombre cuanto el dolor físico, como síntoma, que permite reconocer los disturbios y las normales funciones del organismo. Quien no es capaz de percibir la culpa está enfermo espiritualmente, es un cadáver viviente, una máscara de teatro”. Ojalá que durante este año, nos propongamos formar nuestra conciencia, conforme a la Palabra de Dios y la Doctrina de la Iglesia, que en sus dos milenios de existencia, como auténtica Madre y Maestra, nos lleva a recorrer el camino de la vida hacia la plenitud en Jesucristo.




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