Revista «Español Correcto»
Director
Muchos de mis compatriotas se atropellan en los almacenes al buscar calzones y calzoncillos de color amarillo para ponerse el 31 de diciembre, cuando el reloj llegue a las doce de la noche. Están convencidos de que esa prenda ¡les transformará positivamente sus vidas!
Otros buscan uvas grandes, verdes o moradas. Se las tragarán, con el riesgo de atragantarse y morir asfixiados, también cuando hayan sonado las doce campanadas de la medianoche. Y en cada mordisco pensarán en un anhelo, y se les cumplirá. ¡Eso dicen ellos!
Y hay quienes a la misma hora salen a la calle con una maleta a rastras, y le dan una vuelta a su vecindad. Simulan ir de viaje, no se sabe a dónde carajo, pero van de viaje. No llevan ropa en esa maleta, ni presentes para la gente a la que «visitarán», ni documentos de negocios, ni nada… Solo caminan durante unos cuantos minutos, porque también creen que ese acto «mágico» les garantizará que durante el resto del Año Nuevo ¡viajarán a distintos destinos!
Muchas mujeres, que a esa hora deberían estar dedicadas al jolgorio, se acuerdan de los ajetreos en la cocina. Varios minutos antes han pelado una papa pastusa; una segunda, la han dejado a medio pelar, y una tercera, la han dejado tal cual es. Corren al cuarto de habitación, meten una mano, al tanteo, y sacan uno de los tubérculos. Si toman el que está pelado, tendrán un Año Nuevo de malas condiciones económicas; si sacan el medio pelado, van a tener finanzas en término medio; y si sacan la papa intacta es porque la fortuna las «atropellará» constantemente, todo el año. ¡Eso creen ellas!
Son algunas de las supersticiones que muchas personas tienen al partir el Año Viejo, y darle la bienvenida al Año Nuevo. Centenaria costumbre esa. Pero de ahí no pasa. Conozco varios testimonios sobre los resultados de tales piruetas, y en verdad son desalentadores. Veamos:
Los calzones y los calzoncillos se echan a perder al poco tiempo, por su intenso uso; o por cualquiera otra circunstancia. No hacen el «milagro» que sus usuarios esperaban. Alguna vez a la portadora de los calzones amarillos se le olvidó ponérselos, por el afán de salir corriendo de una casa que no era la suya, donde departía alegremente con un hombre que tampoco era su pareja, ¡y corría el riesgo de ser pillada por la verdadera «ama de llaves» de aquel lugar! Luego la suerte atribuida a aquella prenda no funciona. No funciona nunca, para ser honestos.
Los comilones de uvas, amén de atormentarse tragando una tras otra de un racimo de doce unidades, terminan vomitando en la sala, o sobre la ropa de alguno de sus contertulios; cuando no, rojos -como camarón asoleado- ante la falta de aire para respirar tranquilamente. Y, claro, ninguno de los deseos ajusta en coordinación con la tragada de cada fruto de la vid. Lo único cierto es que cada mes del Año Nuevo tienen que trabajar, como lo han hecho todos los meses; eso, si corren con fortuna, porque algunos pierden el puesto y se quedan no solo sin uvas, sino también sin pan, sin queso, sin leche, sin sal, sin azúcar, sin carne...
Quienes simulan viajar, generalmente, no tienen ocupaciones que les plantee la posibilidad de desplazarse a otras ciudades durante el resto del año que recién ha comenzado. Para ellos, tal probabilidad es mucho más remota. En el recorrido que hacen, no tienen en cuenta que para viajar apenas se necesita dinero en buena cantidad y un motivo específico para hacerlo. Otros no se ponen a pasear una maleta desocupada por su cuadra, pero viajan varias veces sin siquiera haber pensado en hacerlo. Eso echa por tierra la «teoría» que agitan los supersticiosos. En este grupo entro yo que, como no creo en supersticiones, no saco mi maleta a pasear por el vecindario. Pero la llevo llena de ropa varias veces durante el año, a las ciudades de Colombia de donde se me llama para enseñar lo poco que sé.
Las mujeres de las papas corren con un poco más de acierto. Todo el resto del año, las tienen entre sus manos. Aunque ellas (las papas) no estén forradas con los billetes que aquellas pensaban que tendrían en abundancia.
Bien sea que las usen en la cocina, o que las contemplen y acaricien en intermitentes sesiones eróticas con su pareja (si la tienen, claro), sí es seguro que no les faltarán papas. Lo demás, no. Porque todas siguen en la misma jornada de trabajo, y con las mismas contingencias de todas las demás mujeres que intentan salir de los niveles inferiores de producción de riqueza, para sobreabundar y disponer de tarjetas de crédito, chequera y cuentas bancarias a término fijo. Hablo de los casos que conozco, por supuesto.
Pero no quiero estropearles sus agüeros, respetados compatriotas. Practíquenlos, pues aquí todavía hay libertad y lugar para creer en banalidades. De todos modos, la patria seguirá siendo el mismo paraíso acogedor (aunque esté infestado de la «basura humana» que conocemos); los sueños se quedarán en eso, porque la mayoría no los trabajará; los cambios positivos no alcanzarán su grado culmen, por falta de decisión, entrega y disciplina; y los giros en la conducta torcida no se verán, porque muchos no quieren emerger del lodazal que los circunda.
¿Le dañé algún plan agorero?
En ese caso, le pido perdón; y ¡le deseo que tenga un año 2012 cargado de abundancia! Pero actúe.
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