sábado, 28 de enero de 2012

LOS NUEVOS ESCRITORES DE SERBIA

N. Sandoval-Vekarich

La literatura yugoslava surgida de inmediato al término de la guerra era lógico que guardara en la memoria de los sobrevivientes la necesidad de narrar su experiencia y participación en ella, tanto de la primera como de la segunda, en ambas hubo hechos de sobrecogedora historia, de actitudes humanas que sobrepasaban lo racional. Desde entonces, para acá, los traumas bélicos de la segunda gran conflagración si no han desaparecido del todo en quienes en aquella época eran pequeños, han dejado un eco en los recovecos del subconsciente. Si algunos críticos serbios de la actualidad pretendiendo a la vez olvidar una etapa de la bonanza socialista, no pueden ignorar los valores esenciales que ese drama fijó en un momento determinado.

Hemingway fue conductor de ambulancias de la cruz roja por los campos de batalla en Bosnia durante la primera gran guerra y también de alguna manera participó en la guerra civil española, como escritor, como hombre de vivencias y de acción, tenía que testimoniar ese drama en dos de sus grandes novelas: Adiós a las armas y Por quién doblan las campanas. Si hago mención del norteamericano es precisamente porque varios de estos escritores que quieren ser contemporáneos siguen con los ojos puestos en la Europa Occidental, pocos, muy pocos, saben que su riqueza artística está en su tradición histórica y en su folklore.

Hubo una tradición fundamentada en una teoría literaria que establecía sus reglas y cánones, cierta continuidad en el hacer artístico a pesar de los rótulos de cada nuevo movimiento intelectual surgido en Europa, pero en suma se tenía muy bien reservado el cambio hasta que en el curso de la segunda guerra mundial se rompieran los moldes. No podía seguir en pie el espejo de Stendhal, las tropas de asalto lo habían hecho pedazos y millares de fragmentos brillantes reproducían a su manera ese mundo hecho añicos.

Como un hecho curioso muchísimos años antes de que apareciera por primera vez en Buenos Aires Cien años de soledad, Miodrag Bulatovich publicó El gallo rojo vuela hacia el cielo que pareciera tener influencia del colombiano, lo mismo sucede hoy con Milorad Pavich y con Danilo Kiss acusados de seguir el modelo borgiano. Otros, Schepanovich, Andjich, Lebedinski, recuerdan al español Muñoz Molina por su tremenda textura de influencia hispanoamericana.

El éxito de un escritor está en rescatar del polvo un hecho manido, resabiado y repetido hasta la congestión y devolverlo bien adosado, espalda contra espalda, lo real y lo fantástico (¿Gogol?) dentro de una nueva construcción que le facilita un lenguaje específico madurado en el curso de su trabajo investigativo, independiente de los valores paralelos establecidos por la necesidad publicitaria y el mercado literario, con imágenes, sonidos y ecos que les devuelve la montaña mágica en las incursiones idiomáticas y las ilimitadas posibilidades de tejer una malla fina y sutil para capturar a la vez pájaros fénix y centauros, como sucede con Albahari, David, Basara, Kovach.

Carlo Magno en la fanática cristianización de su imperio destruyó lo autóctono de los pueblos que califica de bárbaros, desterrando a sus dioses y sus leyendas socavó la herencia de una cultura milenaria que de alguna manera, como la hierba que crece por entre las hendiduras del asfalto, hubo de reflejarse en los cantos épicos de Rolando; en Serbia, en cambio, se mantuvieron incólumes los relatos de las antiguas hazañas que sus aedas, pulsando la guzla, transmitieron verbalmente de generación en generación, así se ha conservado la frescura épica de la batalla de Kosovo y de sus heroicos caballeros, desde allí entonces parten para ir más adelante recuperando su rico pasado con la imaginación de algunos escritores portentosos que van tras las huellas aun palpables de la patria perdida, inclusive utilizando magistralmente el estilo que recuerda las crónicas del Medioevo (Pavich) realzando la historia con los más extraordinarios matices que les facilitan los mitos, las leyendas y las fábulas, apartando de una vez por todas a la Europa Occidental y desechando los harapos literarios que pueda concederles una literatura afrancesada y decadente, porque hay una búsqueda general de una nueva alquimia para recuperar al genio de la lámpara, como lo han hecho García Márquez, Rushdie y Toni Morrison volviendo a las raíces primigenias de su folklore.

Ningún buen escritor, a la búsqueda de su yo, deja de explayar las experiencias vividas por él y otros antes que él en los diferentes planos de posibilidades que su rica imaginación pueda ofrecerle tomando los hechos reales como un punto de partida. Hay críticos literarios que tienen una idea preconcebida para quedar bien con Dios y con el Diablo colocando etiquetas, buscando paralelismos y ejemplos obsoletos en un mundo que se transforma rápidamente por los avances tecnológicos. Cada escritor tiene su propia alquimia para trasmutar las palabras y la textura de su fábula, es su derecho intrínseco y en él nadie puede meter sus caprichos, pues si algunos logran el éxito por el esfuerzo de saber encontrar la medida exacta de sus probetas, a otros por raras circunstancias les puede sonar la flauta, aun así, en un hemisferio desconocido que aparece de improviso se deben tener en cuenta los fragmentos del espejo hecho añicos para armarlo, las piezas que no encajan la imaginación la suple o quizá el escritor encuentre ese espejo en un charco de agua en mitad de un camino empantanado, en muchos casos por la barrera idiomática una buena traducción es el hilo de plata que conduce a la madeja porque en un mundo que cambia el tiempo es elíptico.

Nadie puede tocar el cielo con las manos, pero a nadie se le niega la posibilidad de tratar de hacerlo, ya que todos de alguna manera andamos, casi a tropezones, a la búsqueda de una salida de este callejón absurdo en que hoy nos encontramos, una luz por muy lejana que esté es ya una esperanza. El oído del Maestro reconocerá en la montaña tonalidades indescriptibles en el tañido de una flauta solitaria, mucho más que en un concierto de piano en un salón.

Los escritores serbios de hoy, cada uno a su manera, presentan un elemento específico de su tarea literaria, de tal suerte que todos reunidos en un volumen complementan un rompecabezas que sorprende por el paisaje, la música y el contenido humano en cada página escrita con curiosidad y amor. En algunos se percibe que Borges les ha dado una pauta inimitable en ese laberinto y en otros los fantasmas de Sábato no dejan de sorprender, porque esta zona de los Balcanes fue siempre una concentración de valores insólitos entre los cuales se siente por igual la mano maestra de los sabios rabinos de las congregaciones judías. No quiero hacer hincapié en ninguno, todos representan una suma de nuevos aportes en esta búsqueda de otros horizontes que nos lleven a Shangri Lá. Aun cuando el escritor hace una labor de solitario en esa difícil tarea participa hoy el lector en una ambivalencia que enriquece su prestidigitación, el lector desprevenido es su mejor crítico y su mejor consejero, puesto que vive dentro de los tiempos de la acción, ni fuera ni sobre ella.

N. Sandoval-Vekarich

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