jueves, 5 de enero de 2012


NIÑO Y NEGRO EN EL CAFÉ MONALVA DE DARIÉN

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano


Niño y Negro entran como perros en su casa al Café Monalva todos los días. Son dos ejemplares sin currículo conocido que han logrado escalar la categoría de clientes fijos en las reuniones del café billar en todo el centro de la actividad comercial en Calima Darién, Valle del Cauca. Cuando digo todos los días, es de día y por las noches.

Niño y Negro son casi hermanos. Los nombres no son los de pila porque su “dueño” es un muchacho que los “recogió” cuando estaban vagando por las calles buscando una puerta abierta y un pedazo de pan. En una desbandada de hampones los dejaron olvidados como a sus palacetes de mal gusto y ellos sufrieron hambre y malos tratos.

Niño es de pelaje gris ya algo raído por alguna enfermedad que tuvo. Tiene una cicatriz en el lomo derecho tal vez debida a una patada o un garrotazo. No crean que fue tisis ni herpes. El cariño, el pan y los huesos lo han repuesto. Es noble y cabizbajo. En cambio Negro es de piel lustrosa, completamente negra. Camina con paso decidido y luce alegre a pesar de ser huérfano de padre y madre pitbull. Ambos pueden tener la misma edad y se declararon un día hermanos. No pueden andar solos. Si uno llega primero que el otro a Monalva, se sienta en un rincón y hace que duerme mientras llega su compañero de pan y penas.

Parece que don Hernando Antonio y su familia hubieran adoptado como mascotas a estos canes pueblerinos. Y que los usuarios de billares, mesas de tinto, cartas y parqués, copas y cervezas esperaran que dentro del paisaje hallaran cada tarde o noche debajo de alguna mesa a estos fieles guardianes. Ellos entran, hacen una venia a los presentes y, sin más, meten la cola entre las piernas y se sientan a ver jugar o charlar a los mismos clientes de hace más de 50 años. Nunca se han tomado un tinto o se han ganado un peso en los chicos de billar ni se han reído por las chanzas en las mesas.

Nadie repara en ellos cuando llegan o los despiden cuando se van a buscar un poste o a encontrarse con la novia caliente. Son unos personajes grises que ni estorban ni hacen falta pero ellos insisten en volver. Su “dueño” está ahí casi a diario y van a hacerle la corte para acompañarlo cuando se vaya a dormir.

Niño y Negro también hacen cola los domingos a las 9 de la mañana como los viejos moradores de Calima. Esperan que don Hernando abra la puerta a las 10 y prenda la greca Hamilton y puedan sentarse a mirar pasar las horas. Algunos pocos comprarán un tinto. Otros, como Niño y Negro, se quedarán dormidos soñando que persiguen gatos y los otros cumplirán su rito y saldrán a mercar la carne, la yuca y el queso para el resto de la semana.

A Niño y Negro todo el mundo en Calima les conoce su vida y sabe que son honrados y fieles. No se sabe si tienen hijos pero les respetan y quieren. Tienen media casa en el Café Monalva y alzan la testa cuando canta Gardel en la Cumparsita: “Ya ni el sol de la mañana asoma por la ventana, como cuando estabas vos y aquel perrito compañero que por tu ausencia no comía”.

05-01-12 - 8:58 a.m.

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