OH, CICOGNA, CIGÜEÑITA
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Cicogna, dulce señora de blusa blanca y falda negra, dime ¿dónde vives y en qué te ocupas? Hace muchos años oigo consejas –no consejos- sobre ti y no las creo, aunque al principio tuve curiosidad. ¿Verdad que te gusta el calor de las chimeneas y que anidas encima de ellas? ¿Por eso tu cola es renegrida? ¿Acaso sufres de frío con esas piernas tan largas? O ¿también te gusta ponerte roquete encima de la sotana negra y por eso buscas hacer nido en los campanarios de iglesias? No dudo que tengas buen gusto y disfrutes el sonido de los cobres, de los órganos de fuelle y de los coros gregorianos.
Me gusta verte sin ligas ni bolsas largas cargando niños en la noche. Te ves elegante y esbelta sin esos lienzos colgantes que te han puesto curas, monjas y beatas para esconder la verdad más hermosa de una mujer que pare. Debes estar muy ofendida de que te hayan endilgado ese encargo. Tienes mucho que hacer tejiendo el nido abultado en que habitas. Además, a qué horas trabajarías de partera o de enfermera si estás de gira por Europa o el invierno te saca de tu hábitat y te alejas por meses enteros?
Aunque tienes el cuello alargado y lo mismo el pico agudo no es signo de que te guste el chisme y andes mirando qué mujer está encinta para correr a ayudarla. No resistirían ni tu cuello delgado ni tus patas de espiga de trigo. Se te arrugarían las plumas y se te mancharían pestañas y alas. Volando pareces un jet pero jamás uno de esos cargueros. Tu imagen de señora exquisita riñe con aquel oficio de llevar un paquete ajeno que nada tiene que ver contigo.
Me gusta verte volando en bandada o solitaria. Subir a lo más alto y dejarte caer sin peso ajeno, libre como el viento y la nube, guiada por el mar y el impulso del aire. Eres majestuosa, tanto como el águila cóndor, y no buscas el elogio ni los binóculos de los paparazzi. Cuando estás parada en la roca o esperas a tu cigüeño doblas una rodilla sobre la otra en actitud atrevida o si estás algo enojada pones las rodillas juntas y cualquiera diría que estás firme como una estatua romana. Apoyas tu quijada sobre el pecho y ni miras, altiva, quien pasa a tu lado.
Oh, Cicogna, cigüeñita: ¿por qué siempre tan seria? Eres sirena sin escamas, pecho níveo y piernas sensuales. Eres blanca y negra y tienes el pico largo. Cualquier damisela te envidiaría tu cuello sedoso y curvado. Tienes voz agorera de presentadora de etiqueta y tu vuelo elevado lo desearían los poetas. ¿No crees que tienes tantas gracias y que otro animal no te iguala? Tu porte de reina, tu paso pausado, tu aroma de lago y cascada, tu aleteo, son la alegría de torres, tejados, horizontes y tardes de primavera.
Vuelvo mis ojos a cuando era niño y pregunto a mi nana: ¿Por qué no me contaste que fue una mujer como mi madre la que me trajo al mundo de su vientre sagrado? ¿Y que también había cigüeñas de piernas largas y cuellos tiernos que vestían de blanco y negro, caminaban solemnes y anidaban sobre las chimeneas?
11-01-12 - 8:45 p.m.

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