Mientras por efecto de la delirante constitución del 91, (que así pretendía comprender los nuevos tiempos) tenemos por doquier el nacimiento, proclamación, exhibición y exaltación de cuanta forma de identidad es posible, denominadas todas ellas como culturas, paradójicamente una parte de los líderes, de investigadores o alguna parte de la población se queja de la FALTA DE CULTURA: urbanidad, orden, convivencia, valoración de tradiciones, violaciones flagrantes del, y al, orden constituido.
Un buen grupo de pensadores por doquier al criticar este carnaval de identidades, envalentonadas por el consumismo global, las denominan subculturas, queriendo con ello decir que no son, o que se las pican de, o que son simples taparrabos de ocasión para enaltecer la grandilocuencia del narciso que nos acompaña hasta la tumba, vinos añejos en odres nuevos del siempre deseo por torcer el pescuezo al vecino, inequívocas señas de que la barbarie humana está a flor de piel, vivita, coleando e insuperada como lo decía el filósofo de Koenisberg.
Más al fondo, también, otros territorios igualmente culturales (valga decir, tolerables) preconizan los espacios como suele decirse, del pesimismo congratulados en, y con, la hecatombe de la sociedad humana. Más aviesos aún, los hay, esperando impertérritos el lodazal y el castigo, tormentoso final, para todos estos exabruptos. Y en fin, culturas de quienes atizan el fuego para que el final se aproxime lo más pronto posible. Antropofagia camuflada que nos deleita el noticiero y el sufrimiento ajeno.
Arrolladoras en su primer hervor, como los “cuetes”, estas nuevas expresiones de identidad parten raudas y centelleantes hacia el oscuro deseo de traspasar la oscuridad. Desplegando tras su eco atronador, un sinfín de luces fulgurantes y entusiastas, para dejar sólo al cabo de un brevísimo fugaz instante, la misma ignota noche quizás salpicada por el humo grisáceo de su vana existencia.
No parece que ello fuera casual.
Podría uno preguntarle al gobernante, y gobernantes de turno, a quienes les han conferido la representación de la sociedad en un momento determinado ¿cómo podrían ser los pensamientos redentores?, ¿cómo podrían ser las voces de conducción?, ¿cómo podría ser el liderazgo en estos tiempos sombríos?
Preguntas difíciles, si consideramos que en estos tiempos también, el poder cambia acorde con los grupos que lo necesitan. No son los grupos resultado de las viejas ideologías políticas que se consideraban así mismos representantes de la cultura tradicional. Se han mutado no solo en empresas particulares para poder poder, sino también en grupos, sectas, con especiales identidades, con rituales para excluir, con ceremonias para consagrar iniciados en la subyugación a la voluntad de unos cuantos.
Lo que sí es evidente independiente que ello nos guste o no, que sea justificable o no, es que la sociedad multicultural parece atomizarse. Esta atomización, este multidespelote a alguien debe beneficiar. No parece que ello fuera simplemente la expresión de la condición humana. No es más que la exacerbación de la condición humana, lucrativa forma que produce pingües ganancias a la industria digital. Particularidades que se convierten de la noche a la mañana en excentricidades. Rituales, que a su vez, para procrear fronteras excluyentes, territorios inabordables, ghettos, cuchitriles, cuartos de espejitos cuarteados, excusas para la antropofagia que nos acompaña con el colmillo pelado.
Suena todo esto extraño pero qué le vamos a hacer.

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