lunes, 9 de enero de 2012

Primero: Desarmemos los corazones…

Por: Luís Barrera

La propuesta del Alcalde de Bogotá Gustavo Petro de prohibir el porte de armas de fuego en la Capital de la República ha comenzado a calar en la conciencia colectiva de los distintos estamentos sociales del país.

La iniciativa que no es nueva, pero sí muy oportuna frente a los perversos resultados de menores muertos por las balas perdidas de irresponsables, además de bien recibida puede llegar a ser la salida a tanto derramamiento de sangre de inocentes.

Pero, obviamente, los colombianos ante esta medida coercitiva debemos primero desarmar nuestros corazones, cargados por odios, rencores, envidias y venganzas.

Desactivemos las armas y activemos el corazón, por los caminos de la conversión, de la solidaridad, de la apertura, del respeto y la tolerancia; en esa medida estamos contribuyendo para que los colombianos podamos vivir en una relativa paz estable y verdadera, como en tantas ocasiones lo han pedido los jerarcas de la propia Iglesia Católica.

Realmente lo que hace falta es que exista una decidida voluntad personal y colectiva para que cese el derramamiento de sangre y haya verdaderos tiempos de prosperidad y paz, en un clima de convivencia como lo necesitan tantas poblaciones caucanas y colombianas, lo demás son embelecos jurídicos y discusiones banales que no conducen sino a desgastes y demagogias de poca monta.

En medio de las enormes dificultades e incomprensiones, en un gesto de grandeza con la patria, de honestidad con el país y ante un gobierno nacional que inspira seriedad y confianza, los actores armados al margen de las leyes, las bandas criminales, las organizaciones delincuenciales urbanas y los violentos todos, deberían desarmar primero sus duros corazones en un gran Acto de Fe y Responsabilidad, de manera unilateral, sin exigir la más mínima contraprestación o condicionamiento, para posteriormente ir dejando el arsenal de armas.

Les debe bastar la confianza y credibilidad que ante la Nación y el mundo, genere una actitud y voluntad manifiesta de paz, entregando las armas de fuego, antes que el Estado ejerza su legítimo control y prohibición al porte.

Por qué una mayoría de ciudadanos siguen percibiendo como una necesidad básica el hecho de que un país, una nación cualquiera, para ser segura ha de tener el armamento más sofisticado del momento.

Quien se prepara para la guerra, guerra tiene. El problema en sí no son las armas, sino el espíritu belicoso, criminal y mal intencionado de quienes las portan.

El miedo y la desconfianza, el pensar que el otro es un enemigo potencial dispuesto a atacar, sólo porque tiene una forma diferente de pensar o de sentir, hace que mucha gente, perciba que la seguridad depende de estar bien armados, disponer de medidas extremas y una fuerza de seguridad bien preparada.

La propuesta de Petro es viable y coherente, aunque lo que se percibe es que los problemas en el control de las armas tanto en Bogotá como el resto de las principales ciudades obedecen a la falta voluntad política, falta de interés de algunos sectores de la opinión pública, recursos insuficientes de la policía para hacer cumplir las restricciones y los vacíos legales, se corre el riego que los controles sean meramente formales sin implementaciones exitosas y las debilidades propias de las instituciones encargadas de hacer cumplir la normatividad, lo que podría disparar las fuentes del mercado ilegal y la inseguridad ciudadana como efecto contrario.

De todas maneras, no olvidemos que si queremos gozar la paz, debemos velar bien las armas; pero si deponemos las armas no tendremos curiosamente jamás paz.

Las armas son instrumentos para matar y el propio Estado permite que la gente las porte y las compre, sabiendo perfectamente que un revólver no puede usarse en modo alguno más que para matar a alguien, entonces primero: desarmemos los corazones…!

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada