lunes, 6 de febrero de 2012

De decisiones y restricciones

FABIO ARÉVALO ROSERO MD*

Tomar decisiones en el Siglo XXI para el desarrollo armónico de una ciudad es un asunto serio. Se deben priorizar las necesidades de las mayorías y de los más vulnerables. Pero aún existe la percepción de gobernantes que siguen actuando bajo presión de minorías cómodas y de sectores de poder, cercanos a los mandatarios. Estos “influyentes” buscan aumentar sus ventajas, su confort, en detrimento de los más pobres. No hacerlo implica a los dirigentes perder irresistibles respaldos y exponerse al escarnio de la clase política (y de la minoría de poder) que controlan a la opinión.

Un gobernante con carácter toma decisiones con responsabilidad, se apoya preferentemente en las modernas estrategias para el desarrollo, para lo cual se disponen de los instrumentos apropiados. El éxito de un gobierno depende de dos factores esenciales: la calidad de las políticas y la participación ciudadana. Para lo segundo se requiere de algo que es exótico en nuestro medio: la confianza. Construirla exige un liderazgo legítimo, con gran capacidad de conmover, cautivar y convocar. La gente solo sigue a los líderes en los cuales confía firmemente y le inspiran credibilidad, de lo contrario se cultiva apatía e indiferencia que son armas letales para el desarrollo.

Un gobernante líder debe ser una especie de celebridad, un inspirador, un referente, cuyo poder depende de la autoridad que le otorgan sus competencias, argumentos e independencia. Pasos fundamentales para ganarse la confianza ciudadana, un proceso complejo y doloroso, pero necesario. Ello hará posible transformar una sociedad, porque la gente nunca va a cambiar sus acciones y hábitos, hasta que no cambie la forma de pensar. Se requiere, entonces, de una enorme capacidad de convocatoria y concertación, si se trata de convencer y persuadir para trabajar en equipo con los ciudadanos.

Para evitar yerros, las decisiones de gobierno de una ciudad deben fundamentarse en la investigación social empleando los modernos instrumentos respaldados por experiencias exitosas y por organizaciones competentes especializadas en el tema urbano. Se debe partir de una certera línea de base. El mayor énfasis se hace, por ejemplo, midiendo relaciones de convivencia, los hábitos de la gente, sus sueños, el nivel de afecto, sus necesidades, posibilidades y expectativas. Además de todos los indicadores objetivos del componente urbano. Una gran diferencia frente a definiciones hechas con el apoyo de “allegados”, con determinaciones empíricas que no dejan que más de lo mismo.

Corolario restrictivo

Una restricción vehicular tiene tres propósitos: mejorar las condiciones de accesibilidad de la gente (movilidad), reducir las emisiones de CO2 y buscar mayor equidad en el espacio público (los “autodependientes” son reyes y son minoría). Es decir mejor accesibilidad para la mayoría de personas, protección del medio ambiente e igualdad en el derecho al disfrute del espacio público. ¿Con la actual medida en Popayán, “pico y placa” para el centro del centro, honestamente se cumple alguna de ellas?

En una ciudad “portátil” como Popayán, personalmente no reglamentaría la restricción vehicular obligada. Me iría por el camino más difícil, pero más emocionante y productivo: asumiría el desafío de educar y persuadir a los actores ciudadanos, particularmente a los motoristas, para que hagan uso racional de sus vehículos y cumplan las normas. Formaría bajo principios de orden y convivencia, con inversión generosa en creatividad, en estímulos a los ciudadanos modelo, la promoción de conductores públicos ejemplares (invirtiendo en su educación y mejorando sus condiciones). Fortalecería el transporte público y haría una urbe más caminable y más ciclable. Buscaría que cada persona tenga un amor profundo por su ciudad y contribuya en la organización de la misma. Por las buenas aportamos todos. Pero claro, esto exige una importante inversión, una enorme innovación y un trabajo de mucha entrega y compromiso.

Colofón: Una restricción vehicular debe implementarse como es debido, o es mejor no hacerlo. Con una medida liviana deben estar felices los ‘autodependientes’ cuyo prestigio y estima dependen del auto. Pero, ojo, los primeros en dar ejemplo deberían ser el alcalde, el gobernador, sus colaboradores, diputados y concejales. ¿Será que se fatigan mucho si se bajan ocasionalmente del carro a tres cuadras de la oficina? ¿Dónde está la coherencia? ¿Qué credibilidad pueden exigir después?

*Delegado por Colombia en el panel Nueva Agenda de la Movilidad, periodo 2012-2015

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