Por Emmanuel Tarquino Brevera
Periodista y Comunicador Social
Corresponsal para los Estrados Unidos de Norte América del diario Proclama del Cauca, Colombia.
Para mis respetables lectores me permito asumir esta lectura con una actitud crítica y que cuenten con herramientas para el análisis y se pueda entender el porqué y el para qué de los diferentes eventos y situaciones difíciles que viven nuestros pueblos que bajo el ojo del gran padre de la patria Simón Bolívar, visionó los hechos que han repercutido en la conformación actual de la cultura del hombre y de nuestros conflictos internos de nuestras naciones.
¿A cuántos académicos, políticos, legisladores, gobernantes y ciudadanos en nuestra querida Latinoamérica y en especial mi bella Colombia, los avergüenza la injusticia social que pesa en los pobres de la nación? ¿La justicia social no es “desarrollo humano?
Para entender este escrito sobre la injusticia social en nuestro entorno colombiano y dada la crisis de nuestra sociedad y las exigencias del mundo moderno, el país debe transitar al desarrollo de un concepto de seguridad democrática en carácter estricto de bien público fundamental, que trasciende exclusivamente como defensa y seguridad que no se basa esencialmente en la aplicación de la capacidad de coacción por parte del Estado sobre el resto de la sociedad, sino que se fundamenta cada vez más en el perfeccionamiento de una cultura de convivencia ciudadana en términos de tolerancia, solidaridad, respeto a las diferencias y en un ambiente crecientemente igualitario en el que prevalezcan criterios, postulados y principios básicos de justicia social distributiva.
Quiero traer a colación un mensaje de mucho interés, que se manifiesta en el Westel Willoughby, Social Justice, a critical essay: “Para el estadista no hay tareas más difíciles o urgentes del ciudadano al acceso a los medios de producción y a la tecnología de su utilización, y la ecuanimidad {equity} en la compensación al esfuerzo… que las oportunidades para cada persona sean iguales debe significar no solo el acceso igualitario a la tierra… sino al capital de que depende la manufactura…”.
En este volumen de Thomas Hoult, en su obra Social Justice, “La idea de que los problemas sociales surgen a la medida en que prevalezca la injusticia social”.
Consonante con la anterior cita, escriben R. Mier y H. Mcgary, en Social Justice an Public Policy: “La más potente fuerza en la actual expansión del papel que juega el Gobierno Federal en E.U. se cifra en la lucha por la igualdad y aunque los expositores de este movimiento aun sobre “derechos”, el fin a la mano consiste en emparejar bienes y poderes en la sociedad americana”.
Es decir, mientras que la tendencia moderna de palabra en cuanto a la injusticia social asienta en plantarla en la conciencia colectiva y en las políticas públicas muestran un menoscabo del desarrollo humano de los colombianos. Si la injusticia social de verdad algo tiene que ver con una guerra que ha producido cientos de miles de muertos y millones de desplazados.
Hay algo de temor o de falsedad en esta postura colombiana. Durante los últimos treinta años los gobiernos responsables a redistribuir la riqueza y los ingresos, a igualar las diferencias educativas, a suavizar el escalonamiento social y a finiquitar la noción de que el consumo ciudadano debía estar determinado por lo que este produce o posee.
Cada persona tiene derecho a libertades públicas compatibles con las de la colectividad. Las desigualdades sociales y económicas se deben juzgar con miras a la obtención de ventajas colectivas, en especial las del sector social menos favorecido.
La Constitución colombiana de 1991 ha introducido elementos populistas. Estos con resultados de volcánico e impredecible movimiento interno de los dineros de la droga, de la corrupción política, empresarial y político-empresarial, del despilfarro, latrocinio y peculado de los dineros del Estado y de las propiedades nacionales y de las actividades económicas de los alzados en armas.
Esta nueva y potente subclase hegemónica colombiana es la que he dado en llamar “sector lactocrata” de la actual clase dominante.
Nuestro país no podrá acabar con su guerra, mucho menos regresar sin que medie razonable prosperidad en el sector de los trabajadores, en el mundo rural y campesino, en los que la justicia en el empleo y los salarios, la tierra, la educación y la salud no se materialicen.
En ese orden de ideas y en mi concepto se pretende mostrar una visión general de los problemas que aquejan al ciudadano al acceso a los medios de producción, tecnología, tierra, población, educación, salud, economía y seguridad.

Aunque este ambiente es bastante común para todos nosotros, las principales diferencias se notan entre las clases sociales definidas por la cantidad de dinero que tiene cierto hogar, haciendo que unos se detesten entre otros.
ResponderSuprimirSi somos parte del selecto y afortunado grupo que logra obtener empleo en una sociedad como esta, debemos prepararnos para ganar un sueldo que no alcanza para nada, pero aunque el dinero sea escaso, vaya cantidad de trabajo que te encontraras!!
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