viernes, 24 de febrero de 2012

Es más fácil hacer leyes que gobernar

Por: Luís Barrera

Está plenamente comprobado que se engrandece un pueblo, no elevando los tejados de sus viviendas, sino las almas de sus habitantes.

A dos meses se haber asumido sus cargos los actuales alcaldes y gobernadores siguen siendo muchas las expectativas y esperanzas que se tejen en el imaginario de las gentes en torno a lo que serán sus mandatos populares, aunque algunos franca y respetuosamente, dan la sensación que no se han posesionado.

Sólo se puede gobernar un pueblo ofreciéndole un porvenir. Un gobernante es un vendedor de esperanzas, de ilusiones y sueños que deben cumplirse en honor a la confianza depositada por los electores en las urnas.

Hay quienes heredaron verdaderos embelecos y enredos administrativos, financieros, fiscales y presupuestales, que prácticamente es mejor que se queden cruzados de manos porque ni el mago “Mandrake” podría sacarlos del atolladero en que se encuentran pese a las múltiples maniobras y pericias que tienen que imaginar ante la avalancha de demandas y parálisis de sus entes territoriales.

Pero lo que importa es el futuro de sus comunidades. Pues no pueden seguir esperando que sus gobernantes decidan asumir con entereza y valor ciudadano, la tarea encomendada de gobernar sus poblaciones pese a los avatares y pesadillas que soportan por la excusa que aquí es más más fácil hacer leyes que gobernar.

Para todo problema humano hay siempre una solución fácil, clara, plausible y equivocada, pero existe la salida.

Los gobernadores, por ejemplo, actores protagónicos en el manejo de las regalías, tendrán que interpretar el sentimiento regional para proponer proyectos de desarrollo que involucren varios departamentos. La idea del Gobierno Nacional y del Legislador es estimular iniciativas regionales, obras que vayan más allá de las fronteras de cada departamento. Es decir, a pensar en grande y no estar pendiente del arreglo de la puerta del baño de la escuelita de vereda.

A los alcaldes hay que darles un compás de espera. Mientras cogen el toro por “los cachos” y terminan hacer su rápido cursillo de cómo caminar con saco y corbata en la capital de la República y sus amables amigos congresistas, los presentan ante los altos funcionarios de la telaraña burocrática que termina devolviéndoles sistemáticamente los proyectos y sueños de sus comunidades porque la ley es inexorable, como los perros: no ladra más que al que va mal vestido.

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