jueves, 2 de febrero de 2012

Haciendo Cuentas

Phánor Terán, desde Tunía patrimonio cultural de Piendamó

El que exista una Secretaría de Cultura departamental, que exista una coordinación de cultura, Secretaría o cosa parecida, garantiza en un Municipio, primero que todo un cupo, unos puestos, que se disputan los partidos políticos para ubicar lo que llaman fichas, hombres de confianza.

Primer y fundamental papel de las tales fichas, es ayudar a consolidar el feudo y cauda electoral del partido respectivo.

También sirve, el cupo o puesto, de trampolín político para el nombrado y elegido de tal manera que desde allí va asegurando o haciendo los peldaños y pininos necesarios para su carrera política o administrativa: unos que buscan tener empleo con jubilación incluida y otros que apuntan a más altos designios porque así lo ha dispuesto la Divina Providencia o el destino, o el insaciable deseo de exhibición individual, transformado en poder y codicia, y pocas veces en altruismo.

En segundo lugar, lo que se denomina Cultura, aunque no se crea tiene al menos tres sectores bien consolidados y apetitos bien definidos:

1) Las necesidades populistas del gobernante de turno, lo cual no necesita demostración particular para entenderlo.

2) Existen, también en la sociedad, sectores pudientes, además como es de suponerse, mejor organizados, con buenas recomendaciones que en general cortan la porción más grande de la torta cultural. Sabido es que ese grupo, más o menos alcanza la bobadita del 90% de los presupuestos culturales, (en el Cauca, un 95% para ser exactos).

Y 3) Una murriña que conforma más o menos el 95% de la actividad cultural y artística que a dentelladas, unos contra otros, se disputan el 5% del presupuesto.

El cuadro típico de lo cultural entonces, con la participación del sector político se conformaría así: un 65 o 70%, para la burocracia, un 30 o cuando menos un 25% para las agrupaciones prestantes, y un 5% para la montonera cultural.

Esta es una de las razones por las cuales las grandes entidades culturales, las de mayor peso, jamás han estado interesadas y con razón, en la conformación de una organización pública de la Cultura. Serían ellos los perdedores por cuanto buena parte de lo que ahora detentan a través de las relaciones sociales, padrinazgos, influencias pasaría al sostenimiento de las burocracias partidistas.

Cuando los partidos políticos se desvivían para que las clases altas los reconocieran, generalmente las actividades culturales desempeñaban el papel de comadronas, de cartas de lisonja de los políticos con los sectores tradicionales.

Eso ha cambiado, algo, no mucho. Porque con la emergencia de nuevos capitales, mucho más poderosos, los partidos políticos, con excepciones que habrá, ya no se sustenta en lo antiguo y tradicional. Se bastan a sí mismos con sus nuevos socios. Satisfacen otras necesidades.

Puede ser que en esta montaña rusa, las clases tradicionales se vean despelucadas como el pollo Chiras, y necesiten crear fuerzas sociales que les permitan enfrentar estos nuevos acontecimientos. En ese caso, como se ha visto ya, dentro y fuera del país, necesiten de la murriña para establecer un mecanismo de presión y de recuperación de lo perdido.

Nos ayudaría esa situación. De otra forma, el grueso de los actores culturales y de los que llaman gestores del común, tendrán y tendremos, yéndonos bien, que conformarnos con el raspado de la olla, como siempre.

Tanto más lamentable, por eso, el grado de desorganización de los de abajo. Recibe lo que se te da y sabe por qué se te da.

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