Por el Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Parroco Iglesia de la Stma. Trinidad - Santander de Quilichao
“He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo” Apocalipsis” 3, 20.
La Sagrada Escritura nos presenta una serie de personajes a quienes el encuentro con Jesucristo los llevó a una transformación radical de su existencia, entre ellos está Pablo, quien sacaría esta consoladora conclusión: Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, yo el primero de ellos. Con estas palabras nos damos cuenta que “para Pablo cambió el centro de gravedad. Su experiencia espiritual se puede comparar con el paso del sistema ptolemaico geocéntrico al copernicano heliocéntrico. En el lugar de la Ley ahora se encuentra Cristo Jesús” (Rinaldo Fabris. Pablo). En realidad, has de reconocer que, así como le sucedió a Pablo, y a tantos otros personajes de la Biblia, Jesucristo no te coloca una soga en el cuello para que lo sigas e inicies el camino de tu conversión, pero un NO o un SI, puede marcar la diferencia, ya que Él es el único “piloto” que puede llevar tu vida a un rumbo seguro, así como lo expresa Monseñor Augusto Castro: los pasajeros fueron llamados al avión. Dado que estaba lloviendo, rápidamente abordaron la nave. La auxiliar de vuelo cerró la puerta que quedó lista para el viaje. Pero una persona, después de cerrada la puerta, llegó corriendo al avión. Golpeó la puerta para que le abrieran pero la auxiliar de vuelo le hizo señas de que ya no era posible. Las normas son claras: después de cerrada la puerta, ninguno entra. El hombre siguió golpeando casi durante un cuarto de hora bajo la lluvia. La auxiliar, siempre rígida, no abría. Finalmente, viendo que el hombre no se retiraba, ella decidió abrir la puerta. ¡Era el piloto! Empieza a reconocer que en el vuelo de tu vida necesitas un piloto y que ese piloto se llama Jesucristo. Dar este paso en tu proceso de encuentro con Dios, es ya indicio de algo diferente, puesto que “cada nueva etapa de la vida espiritual está exigiendo una ruptura absoluta con el pasado y como es ruptura, no tolera lágrimas de despedida” (Evode B.). Si reconoces que en el vuelo de tu vida has andado “sin piloto”, que has perdido el rumbo, que has rechazado a Jesús, recuerda hoy lo que dijo San Pedro a las gentes de su época: “Cristo es la piedra que vosotros los constructores habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular”(Hch 4,11) es decir, en adelante busca que Él sea la piedra que sostenga el edificio de tu existencia.
El pecado lleva a no sintonizar con la voluntad de Dios, por lo que “La verdadera conversión del hombre consiste en un cambio radical de orientación en los criterios, escala de valores y actitudes. Es una reorientación de la vida hacia el amor” (Juan Esquerda B.) Recordemos que Jesucristo inició su ministerio público diciendo: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca” Mt 4,17. “Llegó el tiempo oportuno y esperado: ¡El Reino de Dios ya está aquí: Conviértanse y crean en la Buena Nueva!” Mc 1, 15. Y este mismo llamado nos lo hace hoy, puesto que la conversión es la exigencia inicial para entrar al Reino de Dios. Nuestra conversión nos exige: 1. Ser sinceros: reconocer nuestras faltas. Jesús conoce lo que hay en lo profundo del corazón (1 Juan 1, 8-10. Ap 2, 23). 2 .Querer ser libres: Muchos hombres se apegan a su prisión interior y no aman la libertad. Jesús vino para iluminar a quienes viven en sombras de muerte y dar a todos la libertad. (Mateo 4, 15-16; Lucas 4, 18-19). 3. Proclamar a Jesucristo: como mi Señor y mi Salvador, para poder conocer y experimentar el Plan de Dios en mi vida. 4. Pedirle su ayuda: “Conviérteme y yo me convertiré porque tú eres mi Dios” (Jeremías 31, 18-20). 5. Cambiar de conducta: Apartarme del mal, aunque duela, como lo hizo Zaqueo (Lucas 19,1-10). 6. Tener perseverancia: Dios nunca se cansa de perdonar al pecador arrepentido y colmarlo de su amor. 7. Ir al encuentro de Jesús Resucitado, en la Iglesia: Jesús continúa su ministerio de perdón a través de su Iglesia (Su Cuerpo Místico). De la cual formamos parte desde el día de nuestro Bautismo. Para lograr todo esto, Jesús nos ofrece estos caminos: La Oración, los sacramentos: entre ellos, el Sacramento de la Reconciliación, por medio del cual Jesús nos perdona nuestros pecados de acción u omisión. Al recibir este Sacramento, Jesús también sana las heridas interiores causadas por el pecado y nos da fortaleza para seguir luchando contra el mal “A quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, y a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar” Juan 20, 23. El Sacramento de la Eucaristía: Es el Sacramento para el crecimiento de los cristianos. Jesús nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre, nos va haciendo semejantes a Él. Es el Pan de la Vida (Juan 6,35), a tal punto que el mismo Pablo llegaría a decir “La copa de bendición que bendecimos ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo” 1 cor 10, 16.



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