Phanor Terán desde Tunía, patrimonio cultural del Municipio
Antes que nos llegue el aplastante desarrollo con las piruetas del gran proyecto de la Estación, me parece importante seguirme ocupando de los desafueros de la Policía Nacional, aprovechando, claro está, el despelote organizado del espacio público de nuestra cabecera municipal
Se entiende, naturalmente que la policía debe resguardarse de los múltiples e insospechados ataques por parte de las fuerzas ilegales que no ven con buenos ojos la institución o lo que ella representa.
Se entiende, naturalmente, que en vez de estar en escampado, la Policía se resguarde con la población civil. La construcción de un cuartel, de una fortaleza, costaría demasiado al erario que ya de por si está agobiado con el sostenimiento incesante de una fuerza pública creciente. O bien será porque así lo han dispuesto autoridades y pensamientos que desde la capital ordenan y desordenan lo que se debe hacer en cada localidad.
No se si todas esas altísimas razones, que por demás han convertido a la policía en fuerza combatiente cuando está destinada a otros menesteres, justifican que la policía convierta el parque, las vías, el ordenamiento urbano en especie de papel higiénico de sus nunca bien ponderados intereses generales.
El paramento de las edificaciones que es norma mínima para conservar la vía peatonal, la circulación de los vehículos, regula también el despelote de las mismas edificaciones para que no se construyan en mitad de la calle, o que conformen un rompecabezas de entradas y recovecos, que además se presta para que los atracadores, hagan de las suyas con el ciudadano indefenso, de día o en con el contubernio de las sombras nocturnas.
Pues la policía se ha pasado por la faja todo ello, no sabemos si con la incompetencia, con la indiferencia, con el contubernio, con el beneplácito o con el temor de Planeación Municipal: el parque ya no es recuperación del medio ambiente para los habitantes sino parte del miedo ambiente, donde pulula también la prostitución, los consejos directivos y de planeación de aquelarres de malandrines y ladrones, en las barbas mismas de la policía. Es que además, dedicados al coqueteo incesante a los agentes no les queda tiempo para dedicarse a esas pendejadas con las cuales la gente se está quejando todo el día.
Por la calle de la Iglesia, los peatones deben disputar con los automóviles y carros la calle para poder transitar, cosa que por demás pareciera no importarle a la Secretaría de tránsito, y como si fuera poco, tarros de mala leche, y guirnaldas hermosas, impiden el estacionamiento y el uso de los espacios comerciales con los consabidos perjuicios para los negociantes del lugar.
Peor debe ser la situación para las personas que habitan estos lugares. Cuando vi al comandante en la posesión del señor Alcalde, me dije para mis adentros que tales cosas se iban a mejorar para beneplácito ciudadano, que harían parte de la agenda de gobierno. En todo caso, nunca me imaginé que su presencia estaba allí como para decir: conmigo no se metan.
Bueno, de todas maneras, la policía no hace sino seguir la vieja tradición de usurpación del espacio público que existe en nuestro medio: talleres en la calle, avisos en los andenes, negocios sin ton ni son en cuanto pedazo hay disponible, construcciones ilegales en lo que más estima el conglomerado, la estación del ferrocarril y pare de contar.
Y todos tan callados, tan tolerantes, guepajé.

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